1. Un pozo muy hondo y profundo

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Descuidadamente y sin dudarlo mucho, se deja rebasar en el camino, por una joven muy atractiva de Meré, que va por su misma senda.

Se conocen desde tiempo atrás, cuando llegó hace unos años a su mismo pueblo. Aunque sólo de vista. La diferencia de edad es notoria. Pero la conoce muy bien. De más niña la observaba con descaro y en silencio.

El silencio. Sí, el silencio en que vivía. Oscuro..., muy oscuro, algunas veces negro y profundo. Muy hondo. El abismo.

Sí, le atormentaba en ocasiones puntuales. Desde hace un tiempo atrás, cuando aparentemente era un niño normal y en otras, vivía en estados de vigor y de deseo carnal, y de... El olor..., sí el olor estimulaba sus sentidos más lascivos.

Alteraba su comportamiento racional y comedido. Y lo transformaba en perverso.

En ese estado en silencio... Se volvía una persona huraña y solitaria. Siniestra. Se alejaba de la realidad. No le saciada nada, que no fuera... La soledad también le ayudaba.


Recuerdo mis visitas al pediatra. Mi madre no sabía nada, pero sabía... Sabía que tenía algo. El médico también... También sabía que tenía algo. Pero no le daba importancia alguna: "Estas alteraciones, son leves, se le pasarán con el transcurso de los años, señora".

Que bien resuelto el marrón. ¿Pero sabía algo?... Sí, claro que lo sabía, pero no le iba a explicar a aquella señora quién era Sigmund Freud. Además, ¿estaba seguro de lo que representaban aquellas alteraciones de humor y otros estadios aún desconocidos, para un médico novel y no especializado en la materia? Pues no. Tenía esperanzas en lo dicho a su madre: "Se le pasarán...".

Por otra parte. No iba a pasarle el marrón a su colega y amigo, psiquiatra y novel también de nuevo cuño como él.

Con el paso del tiempo, mi madre creyó firmemente que el pediatra de mis incipientes años, había acertado en su pronóstico.

Pues no. Craso error. No habían desaparecido las alteraciones en mi organismo, ni se habían adormecido. "La naturaleza es muy sabia". Seguramente, pero en este caso no.

Aprendí a controlar y dosificar mis impulsos. Y era más fácil de lo que pensaba en un primer momento. Pero luego observé: Cuánto más los controlo, más corto es el intervalo de tiempo entre ellos. Y lo peor. Son más fuertes y lesivos.

En una ocasión, al principio de mi vida laboral, me presento a una oferta de trabajo en una multinacional. A un puesto que me venía como anillo al dedo.

El problema fue un test psicológico, en la tercera prueba de acceso, que creía superar sin mucho esfuerzo. Pinché en hueso. En una entrevista aparte, el psicólogo, un bonachón entrado en años, con experiencia y muy sagaz, me puso en un aprieto.

__ Joven, ¿ha estado alguna vez en la consulta de un psiquiatra?

__ Pues no. __Le respondí con firmeza.

El abuelo insistía una vez más.

__ ¿No me miente? __Me preguntó de nuevo el avispado y tenaz psicólogo.

Pues no, no le mentía, aunque poco faltó... para que aquél novel pediatra, me derivase a su colega psiquiatra. Éste era ni más ni menos que uno de los fan número uno, del psicoanalista austriaco. ¡De ahí no habría salido vivo! Por muy novel que fuera. Años después supe que llegó a ser un digno y eficiente discípulo de Freud.

Por cierto, el puesto de trabajo no era para mí. Al menos, eso fue lo que me dijo el psicólogo de la multinacional. Hay gente que sabe hacer muy bien su trabajo. Aunque no siempre reciban el merito que se merecen, por justicia y dignidad, al realizarlo.

Dejando a un lado la soledad. Emprendió una conversación interesada y agradable con Asun, que así se llamaba la chica que se encontró en aquella senda que partía de Meré.

Conocía bien los alrededores y aunque estaban no muy lejos de la casa de la chica, iba observando el camino, mientras hablaba, oteando el recodo adecuado por donde girar y salirse del recorrido habitual.

Le comentaba a la chica, que traía un poco de almuerzo y agua para el camino. A pocos pasos de donde discurrían, ya empezaba a empinarse el terreno considerablemente, al paso por una cárcava pronunciada que era paso obligado.

Conocía un atajo que nos llevaría a una cabaña, apuntalada en el terreno arcilloso por donde discurrían, en aquella agreste y vieja montaña de la comarca del río Carrocedo.

De buen grado la chica accedió, después de haberse enganchado en una zarza, a la vera del camino, a coger el atajo que le indicaba el casual acompañante que se había encontrado en el transcurso de la caminata, que a primeras horas del día había comenzado en solitario.

La cabaña no era lo esperado por Asun. Pero sí le agradó un simpático lechal y su mamá cabra, que hicieron las delicias de la menor, con sus brincos asimétricos y constantes, que terminaban en un rizo imposible en el aire.

Los encontraron guareciendose de una suave brisa húmeda y acompañada casi siempre de un grumoso banco de niebla, que rodea la sierra castreña; por donde discurría el sendero, que inició aquélla misma mañana la menor de Meré.

Una vez que tomaron un tenté en pie, retomaron el sendero y siguieron juntos en adelante y en solitario sin detenerse más en el camino. Hasta que desaparecieron, en la frondosidad de la arboleda por la que transitaban. Hacia un destino desconocido. Al menos para ella.

Signos A Media MontañaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora