Tic tac tic tac tic tac ...
El reloj cucú marcaba las cuatro am, hora perfecta en la que el pueblo yacía en sueño, todos excepto ella.
Ella, como cada día, tomaba el mismo café, frío, amargo, sin gusto.
Cuatro y diez, se duchó fugazmente y se protegió con el sueter de su nana, calzó sus botas, colgó su mochila, abrió ventanas y con el corazón acelerado tomó la llave. Salió si trancar la puerta. Cuatro y media. ¿Tanto le había costado no mirar atrás? Cuatro treinta y cinco: caminó por Bil Bao, dobló hacia la derecha, un ángulo de noventa grados exactamente que desembocaba en Granada, si fuera extranjera le sorprendería la niebla espesa que se encuentra concentrada sólo en el trayecto desde Delta del Tigre hasta la antigua (pero transitada) ruta número uno vieja, pero no, tuvo la gran dicha de haber nacido en el pueblo, sin un vientre al cuál haber pertenecido, del cuál salir, un padre con el que compartir apodos, sin hermanos con los cuales discutir o a quienes comparar físicamente o mentalmente en la escuala por sus profesores. Ya nada la sorprendía. Avanza, se decía. Corre. Cinco en punto. El tiempo se le escurría entre sus manos, entre su muñeca en el reloj pulsera que llevaba, en su mente, la vida se le escurría entre sus manos y ella la veía caer y caer y caer y no se resistió, no hizo nada por detener la caída de la arena. No quería mirar al frente, mirar al frente implicaba ver la lejanía, su futuro y a su vez, ver su fin.
Cinco y cinco minutos, al levantar la mirada, cómo evitarlo, cómo ignorar al gran tanque de agua purificada. Cuántas veces había pensado en la cantidad de litros capaz de contener. Se preguntó si éste también notaría su presencia. Después de todo, no son tan diferentes. Ambos están sujetos a este mundo que los rodea, obligados, porque alguien los construyó así y ahí y ellos no tuvieron ni voz ni voto. Ambos adentro contienen desproporcionadas cantidades. Lo que ella se pregunta es si él, al igual que ella, está roto, perdiendo su líquido, su razón de ser.
Cinco y quince: sigue caminando, pero apresura su paso, no llega más. El quince era tres veces cinco, ella había pensado trez veces en lo mismo, tres veces le rompieron el corazón, había reído tres veces en el día de ayer y ahora se encontraba a tres pasos del farol que descansa al lado, casi al pie del gigante tanque. Su misión es iluminar la curva cerrada, donde la calle seguirá atromentando a los viajeros, transeúntes, pero su luz ya muy tenue, llena de mosquitos y además intermitente, sirve para formar parte de otro escenario, lastimosamente terrorífico.
Siente un sonido externo al aparato, y aunque sean las cinco y veinte y sus sentidos le estén fallando, ahí se encuentra él bajo el farol, no el tanque, sería ridículo. Él, su sombra corpulenta que insinúa una dieta de mucha polenta. Él. Al acecho, esperándola pacientemente como cada día, ella traga saliva, quizá hizo más ruido del necesario o quizá era tanto el silencio reinante y resonó en las patas del tanque, en su base, en su interior no completamente hueco, en ese momento desvió la vista hacia el tanque. Algún día tendría que echar un vistazo en su interior, son parte de un mismo cuerpo, de un mismo sistema. Un silbido la trajo de golpe a la realidad. A tres pasos de él. Como los tres sorbos que le dio a su taza de diurno café, los necesarios paracomprobar que eraun día como cualquier otro, sin gracia, color, sabor.
Desearía dejar de mirar atrás, ser libre, pero me temo que eso hoy no será posible. Eran las cinco y treinta de la mañana cuando luego de un suspiro se sumergió en la neblina. Eran las cinco y treinta de la tarde cuando en el trabajo notaron su ausencia, ella no estaba. Nadie echó un vistazo en el gigante tanque de agua de la curva más cerrada de la calle Granada, ni en el farol que a sus pies descansa, pero sólo a las cinco y treinta esperando que te sumerjas en la neblina y que en algún momento salte desbordado anunciando la hora, el maldito, emplumado, pájaro del reloj cucú...
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Bil Bao Street
Mystery / ThrillerLa Calle Bil Bao: "El luga donde las 'cosas' ocurren." -Me
