En aquel edificio de piedra se encontraba un grupo de personas encapuchadas por una túnica aterciopelada morada. Dispuestos a celebrar el traspaso de poder: de un hombre, ya, canoso y sabio a una joven, pero no inocente chica.
Estas dos personas se...
- Sigue, sigue – gritaba con el entusiasmo a cien – Santa María, madre de Dios.
- Gadea, sabes que no me gusta que blasfemes de esa manera – se quejaba el chico que tenía debajo.
- No blasfemo, simplemente doy gracias a nuestro señor por este gran festín – besó sus labios – Y porque mi marido es un mastuerzo duque que no se entera de nada.
- Si nos llega a descubrir... - no logró terminar la frase cuando su boca había sido sellada.
- Quiero acabar esto de la mejor manera posible, no vuelvas a abrir el pico.
Comenzó otra vez a moverse de arriba a abajo lentamente, subiendo y bajando al mismo son al que se sometían sus respiraciones. Una, dos y hasta tres envestidas hicieron falta para alcanzar la máxima plenitud.
- Querido, ha sido magnífico pero...
- Lo sé, lo sé. Tengo que desaparecer cuanto antes – decía mientras acababa de ponerse el pantalón.
- Hoy puedes hacerlo por la puerta, la futura reina está usando todos los guardias.
Y así lo hizo, abrió el pomo sigilosamente para observar que no había ni rastro de cualquier otra persona que pudiera delatarlo. Al terminar de inspeccionar el perímetro, salió cuán digno de la escena del delito.
En la otra parte de aquel enorme castillo, se situaba la habitación de la que hizo posible que su dama de compañía, y amiga, pudiera llevar a cabo su adulterio.
- Noa, hoy has hecho algo que no debiste – se puso a la altura de la pequeña – No debes llamarme “madre” delante de nadie, tan solo cuando tú y yo nos encontremos solas o con tus abuelos, que son a los que tienes que dar trato de padres de cara al reino.
- Pero eres tú mi madre – no entendía el porqué de este asunto que para ella debería ser natural.
- Lo soy, sin embargo, intenta llamarme hermana o por mi nombre – tocó la mejilla de niña que poseía su mismo carácter.
- Está bien, creo que te llamaré Amaranta – sonrió dulcemente – no todos los días puedo llamarte por tu nombre.
- Está bien, ahora que lo has entendido, vamos a la cama – la tomó entre sus brazos y la arropó con aquella tela de seda besando su frente.
- ¿Hoy no hay historia? - preguntó viendo como su figura materna se marchaba por la puerta.
A decir verdad, Amaranta casi todas las noches hacía lo mismo para que su preciado tesoro le recordaba que tenía la obligación de sentarse con ella en su cama para pasar aunque solo fuese una milésima de segundo juntas.
- A ver, A ver... - miró por la ventana en busca de inspiración, encontrándola en aquella esfera luminosa de color blanco - ¿Sabes porqué vemos que cambia de forma la Luna? - cuestionó sentándose en el baúl que se encontraba justo en frente.
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