Recuerdos... ¡Cuánto duelen los recuerdos!
Si en algo poseo bienes es en momentos por sufrir y atesorar. La mejor moneda, la tristeza y felicidad de minutos por recuperar.
Como desearía no ser tan sabio, no comprender las alucinantes atrocidades que suceden a mi alrededor.
Esto es lo que me tocó vivir, estimado lector. Aún es posible tu retirada.
Primera nota, primer sueño, primera esperanza que tuve que abandonar.
Fue un día soleado, más animado de lo normal. Estaba con mi dulce "primita" mayor. Una chica que, aunque de pequeña estatura, bastante madura para su joven edad. Iba en contraste absoluto con mi pequeña versión, infantil y unas medidas grande para sus cortos años.
Soñabamos. Ella y yo alucinabamos con el prometedor futuro que nos deparaba. Nos gustaba compartir esos fantasiosos momentos. Sin darnos cuenta el futuro más secano nos golpeó en la cara con un rápido y fuerte llamado de un familiar. El almuerzo estaba listo.
Lo recuerdo como si de hace unos instantes se tratara. Nos encontrabamos en una comida familiar, repleta de individuos despreciables que se detestaban entre sí. Fingían sus mejores sonrisas frente a nosotros, pero eran incapaces de disimular la agresividad en sus palabras. Aún así preferí no comentar nada al respecto y dedicarle mi atención a la más que apetitosa comida que se encontraba frente a mí en una adorable pero extensa mesa conformada por otras más pequeñas que había anteriormente distribuidas por el modesto terreno alquilado para el encuentro.
Mis pupilas recorrían a paso relajado admirando la disposición de los platos preciosamente servidos. Atravesando desde un sendero de, aunque simples majestuosos sandwiches de diversos sabores. Había de atún, tocino, tanto acompañado de una grumosa salsa de tomate como puesto de manera ordenada entre un poco de huevo revuelto y una considerable porción de queso, unos deliciosos sandwiches de boloñesa frita perfectamente colocada entre dos rebanadas de pan tostado de una manera impecable, queso simple, jamón, incluso tuve el maravilloso honor de presenciar un magnífico postre de chocolate y menta que dulcemente simulaba un emparedado de pan negro y lechuga.
Continué mi travesía y llegué a una preciosa bandeja de dulces bizcochos y alfajores decorados con una gran variedad de coloridos y alegres agregados tanto frutales como de azúcar. "Adorables"
Después de eso mi vista se topó con unos intachables cubitos de jamón. Mi mente infantiloide limitaba su adjetivación a "Genial" y "Delicioso". No era de extensa labia pero sí muy expresivo, y esa escena me encantaba.
Sin duda, cada bocado era emocionante. Cada postre, bizcocho, alfajor, era simple felicidad que se desencadenaba en mi paladar, liberandose en toda mi persona. Era la perfección en un instante. Un instante en el que todos los problemas que acarreaba mi familia parecían haberse esfumado. Las discusiones lentamente se iban olvidando como si de la pura irrelevancia se tratara. Las sonrisas maquilladas que tan notables asomaban ese día, en un parpadeo se engañaron, creyentes de su presente entusiasmado.
Pero... ¿Quién lo diría? Nada dura para siempre, y eso no duró ni cuatro endemoniadas horas.
De un momento a otro todos comenzaron a gritar en un coro infernal que martillaba mis frágiles oídos. Mi padre, aterrorizado se dirigió velozmente hacia mí con mi prima en brazos para tomarme de la mano y guiarme hacia un monótono, melancólico y soso sótano junto a otros pocos familiares.
Se oían disparos, gritos de furia y dolor de almas apenadas.
De repente... Obscuridad, silencio, miedo, duda, impotencia.
Mi mente era sin duda un lugar tortuoso e inquietante. De mi alma hasta el llanto se escuchaba. Cómo liebre corría el corazón. Era una triste, triste realidad de la que simplemente nunca logré escapar.
Al abrir los ojos desperté en este mundo gris y un recuerdo que mancharía mi inocencia.
Fue devastador, todos gritaban, sufrían, lloraban. El amargo café de mi padre parecía un dulce manjar frente a semejante escena. El aún palpitante corazón de mi prima se encontraba rebosante de un cálido líquido carmesí tan solo unos metros frente a mí. Los sesos de mi madre colgaban elegantemente sobre la puerta, casi como si el responsable lo hubiera decorado exclusivamente para mí. Era una escena repugnante que condenaría mi alma a esta desesperante tragedia eternamente. Esta es mi cruda realidad, casi tan crudo como el igualmente delicioso pan de avena espolvoreado con un peculiar polvo de cacao que preparó amablemente para mí la abuela esa misma mañana. ¿Cómo decirlo? Simplemente no puedo olvidarlo.
Un maravilloso día, arruinado por los gritos de una guerra inconclusa. Una desgracia que despiadadamente asesinó 37 almas que aunque crueles, inocentes e hirió a lágrimas al único sobreviviente.
Trabajo escrito junto a SolamentePankeh
YOU ARE READING
Pesadilla
Short StoryRecuerdo ese día como si de ayer se tratara, como si hubiera sido una simple pesadilla. Pero realmente esa guerra momentánea no fue más que mi eterna condena. Historia escrita junto a @SolmentePankeh
