Sinopsis

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“Sólo el latido unísono del sexo y el corazón puede crear éxtasis”.

-Anaïs Nin.

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Su paciencia, que ante mí se había mostrado como una fuente inagotable, parecía haberse colmado, y yo no podía estar más aterrada.

Sentía como mis piernas, que apenas podían sostenerme en pie, temblaban furiosamente, amenazándome con dejarme caer.

Quizá fue por eso que el portador de aquellos ojos tigreños me elevó, obligándome a rodearle con mis piernas, e hizo chocar mi espalda contra la pared, apoyándome en ella.

No quería acabar siendo una de sus conquistas; un objeto del que podría presumir en sus fiestas para ricachones, dispuestos a reírse del resto de mortales que no habían corrido la misma suerte que ellos.

Pero no lo era. Y no lo sería. Porqué él no me había conquistado. Me había comprado. Así que no me dedicaría ni tan solo una charla con sus colegas adinerados. Simplemente se limitaría a follarme. A marcarme como un objeto. A marcarme como "suya".

Su pulgar derecho, esbelto como el resto de sus dedos, se posó lentamente sobre mi labio inferior, mientras en los suyos, se formaba una sonrisa genuina, que mostraba una dentadura perfecta, propia de cualquier actor en un anuncio de dentífrico.

Quizá sí yo hubiese sido otra persona, o estuviésemos en otras circunstancias, hubiese caído rendida ante esa sonrisa, pero... No era el maldito caso.

Pese a que fuese genuina, aquellos labios no habían formado una sonrisa que a mi parecer, fuese agradable. Era una sonrisa cínica, juguetona, divertida. Estaba disfrutando poniéndome en esa situación de mierda. Disfrutaba aprovechándose de mi desesperación.

— Has sido una puta impertinente toda la noche, Desirée. Y yo qué estaba tratando de ser delicado contigo...

Sus palabras, que emergían de entre sus labios en un perfecto y grave susurro, acariciaban mi piel como si fuesen plumas; erizándola. 

Mis manos, ejercieron presión sobre su pecho, pues deseaba separarle de mi, pese a saber que no tenía ningún derecho a hacerlo.

No tenía derecho pues él me había comprado. Había aprovechado aquella situación desesperada en la que me encontraba, y yo se lo había pedido.

Tomó mis muñecas y bruscamente, las juntó contra la pared, sobre mi cabeza, dándome así a entender que por mucho que le presionase, él tenía el control sobre mi.

Yo jadeé, mirándole como un cervatillo asustado a punto de ser cazado. Y es que así me sentía. Como una puta presa, aguardando una fría bala entre ceja y ceja.

El castaño acercó sus labios hacía mi oído izquierdo, el cual lamió con lentitud, haciéndome estremecer de una forma extraña. Cerré mis ojos y mordí mis labios, tratando de no proferir un solo ruido.

Me sentiría ridícula si lo hacía. No podía permitirme sentir nada. Tampoco deseaba darle esa satisfacción.

— Esta es tu última oportunidad. - Dijo él, tratando de persuadirme. Su voz era ronca y albergaba cierta intensidad que despertaba un sutil interés en mi -.  ¿De verdad estás dispuesta a todo?

Escuché aquellas palabras con detenimiento, temblando sin ya saber por que sentimiento debería estremecerme. ¿Por el miedo? ¿Por la frustración? ¿Por la rabia? ¿Por la desesperación?

Y así me quedé ante él, totalmente a su merced, mirándole con fijeza, mientras él aumentaba la fuerza de su agarre.

¿Qué diablos se suponía que debía hacer?

The Sugar DaddyWhere stories live. Discover now