La señora Felisa vive sola. Desde la muerte de su marido hace cinco años, ha permanecido sin otra compañía que la de un gato que murió hace poco y de Tití, un quiltro retozón y travieso, que con sus juegos y ladridos quiebra la silenciosa monotonía de la casa.
Como la pensión que le dejara su marido va haciéndose cada vez más exigua, la señora Felisa decide, para ayudarse, arrendar una pieza de la casa, la cual ha permanecido casi desocupada por largo tiempo.
"Arriendo pieza para caballero solo". Así reza el anuncio aparecido en la sección "avisos económicos" del diario.
Espera todo el día que alguien se presente, pero nadie llega. Parece que no hubiera caballeros solos que leyeran el diario y que, a su vez, necesitaran arrendar pieza... cuando está casi anocheciendo suena el timbre. Esperanzada, la señora Felisa corre a abrir seguida de Tití.
--Vengo por la pieza que usted ofrece, señora Felisa.
El que habla es un hombre alto, tal vez más alto que muchos hombres verdaderamente altos. Su rostro es difícil de definir y, por lo tanto, de recordar, no se podría decir que edad tiene. Quizás sea joven y anciano a la vez. Algo sorprendida de que el desconocido la llame por su nombre, la señora Felisa lo invita a entrar al tiempo que le dice:
--Pase a verla, aunque quizás prefiera volver mañana para observar los detalles con más detenimiento.
--No se preocupe por los detalles, señora Felisa --dice él, con mucha cortesía--. tengo bastante tiempo y además quiero finiquitar el trato hoy mismo.
Entre tanto Tití salta alegremente alrededor del visitante. Su ama trata de calmarlo, pero el perro no le obedece.
--¡Tití! --dice el hombre con tono enérgico--. quédate quieto.
Como si chocara con un muro invisible, el animal se detiene bruscamente, luego se aleja avergonzado y va a echarse bajo una silla.
La habitación que se arrienda en pequeña. En ella caben una cama, una mesa de noche y muy pocas cosas más.
--Me gusta la pieza. Quisiera pagarle un año adelantado. ¿Tiene algún inconveniente, señora?
--Ninguno --dice la señora Felisa, entre feliz y asombrada--, sólo necesito su nombre para hacerle el recibo.
--Me llamo Franz Blu --responde el individuo, mientras saca de su bolsillo un fajo de billetes que sin contar entrega a la dueña de la casa.
--¿Cuándo traerá sus cosas, señor Blu? --pregunta la señora Felisa, mientras escribe.
--Inmediatamente. Las tengo ahí afuera, en la calle --como ella lo mira incrédula, él agrega--: sabía que me quedaría, por eso las traje conmigo.
El señor Blu toma el recibo y sale para entrar sus enseres. La señora Felisa cree notar algo, pero no se explica qué es lo extraño que hay en él. Se asoma por la ventana hacia la calle y ve un camión cargado hasta el tope con diferentes tipos de muebles y al señor Blu, que solo , baja en esos momentos un espejo de gran tamaño. Ahora se da cuenta, al verlo cargar el espejo, qué es lo raro que le notó mientras estuvo con ella: la estatura del señor Blu. Cuando lo vio por primera vez, lo encontró muy alto, tan alto que para entrar a la vasa tuvo que inclinarse. Sin embargo, al estar adentro, no era más grande que ella, que es muy baja. Al verlo nuevamente en la calle, junto al camión, luce de gran estatura.
Ahora viene entrando, lo mira pasar hacia la pieza, con el espejo a cuestas, y se ve bajito, casi pequeño. Lo contempla a la salida y es como si fuera elástico. Crece apenas sale de la casa. Lo observa un rato ir y venir, estirarse y encogerse, mientras acarrea sillones, un sofá, dos armarios, cajas con libros, la cama, algunas sillas. Ella piensa que el cuarto es demasiado chico para tantos muebles. Se lo dice.
BẠN ĐANG ĐỌC
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