Vida eterna (única parte)

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Una chica observa el cielo, todos los días por las noches, derramando a veces lágrimas, a veces risas, siempre con un recuerdo diferente, de la misma persona, en la mente.

-Cómo me gustaría que estuviera aquí, aunque no a mi lado, pero viva- una lágrima es la cae lentamente por la mejilla. Después de esa, cae otra, y así hasta humedecer la sudadera negra que traía puesta.

Las mejores vacaciones que pude haber tenido... ella, mi hermana y yo, de visita en otro estado. El balneario, las risas y esa protección que siempre nos brindó.

Fue el recuerdo de aquella noche, lo que provocó que la viera viva una vez más, juntas, abrazándose y sintiendo el calor de una a la otra; se le dibujaba una sonrisa triste, limitada por agua cristalina, cerró los ojos y el recuerdo poco a poco se iba esfumando. Después de unos minutos, se limpia la cara, se pone de pie, suspira y se encamina hacia su cama, aún con la tristeza por encima de ella.

Aquella noche, durante sus sueños, la vio de nueva cuenta, a esa mujer de avanzada edad, con el cabello corto, quebrado y canoso. Vestía ropa blanca, portando una sonrisa algo contagiosa en la cara. -Hola hija, te extrañé mucho-. Al término de esas palabras, los brazos de la mujer se abrían hacia la chica, y ella lo aceptaba; ese era un abrazo como ningún otro, era uno de esos abrazos que volvían a la vida a quien ya había perdido las esperanzas de todo.

Al día siguiente, de nuevo en la oscuridad de la noche, la chica de ojos apagados se encontraba acostada con la cara en dirección a la luna. Cómo era de esperarse, se hacía recordar uno de los tantos momentos que vivieron juntas, ella y su abuela. El recuerdo de esa noche, no fue, la última fiesta en la que, su abuela, estuvo completamente sana.

Mi abuela, tan orgullosa de mí, puso en el espejo de su buró, la foto que nos tomamos ese día. Siempre que la iba a visitar la veía, yo de rosa, ella de azul, juntas y felices como quisiera que estuviéramos ahora...

Ésta vez, en comparación con las anteriores noches, no salieron las lágrimas, en vez de ellas aparecían sonrisas. Sonrisas de felicidad de saber que estuvo siempre orgullosa de ella, de lo que hacía y los planes que le comentaba. Pero, ¿Podría ser egoísta el pensar que se siente bien el saber que su fiesta fue la última a la que asistió? La duda la invadía, porque de un lado sería un beneficio de ser de las primeras de la familia, pero no lo siente así, por eso la idea es desechada, porque a pesar de eso sus primas ya no podrán sentir lo mismo que ella sintió.

Con ese pensamiento se queda dormida junto a la ventana de su habitación, en el espacio que ya había templado con la temperatura de su cuerpo. Durante unas horas se quedó así, casi inmóvil y en silencio, alumbrada por la luz de la luna, mientras por su mente no se producía ningún sueño, sólo estaba la oscuridad que la relajaba.

Al momento que se despierta, observa por todos lados asimilando el lugar en el que se encontraba, busca su celular para ver la hora; se acerca a la ventana, una vez más, cierra los ojos sonriendo y se dirige a su cama. Justo antes de subirse, siente como si alguien le tocara el hombro, voltea y ahí estaba ella, su abuela vistiendo un vestido color verde, le sonreía y la abrazó, a pesar de saber que se encontraba sin vida, la abrazó de vuelta y con lágrimas en los ojos le dijo: -Abue... te extraño tanto, me haces mucha falta-.

-Lo sé, pero no tienes nada de qué preocuparte, porque yo siempre voy a estar acompañándote, a donde quiera que vayas, recuérdalo muy bien, porque te lo prometí. El día que te sientas sola, que no puedes más, o que necesites hablar con alguien, ahí estaré, aunque no me veas, sólo piensa en mí y ya no te sentirás sola nunca más. -

Un sentimiento de tranquilidad la inundaba cuando despertó, había pasado la noche en el piso cerca de la ventana. Aquel sueño fue tan real, su presencia, sus palabras, su abrazo; por primera vez, desde hace tres años, se sintió más tranquila y acompañada.

Pero, ella sabía que no había sido sólo un sueño, fue algo más, algo que la hizo sentir tranquila y en paz. A partir de ese día, ya no sentía la necesidad de recordar tristemente a su abuela, al contrario, ahora la recordaría de la forma más feliz posible.

Con ese pensamiento se quedó, y así pasaron más días, noches y semanas, pero Clarissa ya no lloraba como antes, ahora se encontraba más tranquila y alegre. Y cada vez, cuando se perdía en la nada, sólo cerraba los ojos y recordando a aquella mujer de avanzada edad con cabello cano, sólo sonreía.

En memoria de R.C.N.

Vida EternaWhere stories live. Discover now