Capitulo 1

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Edward Hascomb Rawlings se hallaba sentado en su despacho, con el periódico desplegado sobre la mesa, y sonreía. La página cinco presentaba una gran fotografía de una mujer joven y sonriente que descendía por la escalerilla de un avión. Era la honorable Kezia Saint Martin. Otra fotografía más pequeña la mostraba del brazo de un hombre alto y atractivo, que abandonaba la terminal del área y se dirigía al refugio del lujoso automóvil que le esperaba. El hombre, como Edward sabía, era Whitney Hayworth III, el socio más joven de la firma de abogados Benton, Tatcher, Powers y Frye. Edward conocía a Whit desde que el muchacho saliera de la facultad de Derecho con su título bajo el brazo, y hacía diez años de ello. Pero no estaba interesado en Whit, sino en la mujercita colgada de su brazo. Edward conocía muy bien su cabello negro, casi azabache, sus ojos de azul intenso y su hermoso cutis británico.

Incluso la fotografía de periódico evidenciaba el buen aspecto con el que Kezia regresaba por fin a casa, sonriente y, al parecer, bronceada. Sus ausencias siempre le parecían a Edward interminables. Según decía el periódico, acababa de regresar de Marbella, donde la habían visto aquel fin de semana, en la casa veraniega que tenía en España su tía, la condesa Di San Ricamini, cuyo nombre de soltera era Hilary Saint Martin. Antes de esa estancia en la costa del Sol, Kezia había veraneado en el sur de Francia, casi en «aislamiento total». La idea hizo reír a Edward. Durante todo el verano había leído con regularidad la columna de Kezia, enviada desde Londres, París, Barcelona, Niza y Roma. Había estado muy atareada durante su «aislamiento» de aquel verano.

Un párrafo más abajo de la misma página mencionaba a otros tres personajes que habían llegado en el mismo vuelo que Kezia. La hija del archimillonario armador griego que acababa de desaparecer legándole toda su fortuna. Y también mencionaba a la princesa belga, procedente de París, donde había asistido a desfiles de modas, y dispuesta a divertirse un poco en Nueva York. Kezia había disfrutado de buena compañía durante el vuelo. Edward reparo una vez más en Kezia era quien recibía mayor atención de la prensa. Siempre era así. Una nube de cámaras la seguía y se cebaba en ella cuando entraba a los restaurantes y salía de los teatros. Había sufrido las peores acometidas de aquel acoso en su adolescencia. Entonces los fotógrafos y reporteros trataban constantemente de devorar su intimidad, siempre hambrientos, curiosos, fisgones. Durante años pareció que la seguía a todas partes una bandada de pirañas. Fue la época en la que heredó la fortuna de su padre. Ahora ya estaban acostumbrados, y la atención que volcaban en ella era más amable.

Al principio Edward hizo cuanto pudo para protegerla de la prensa. Fue durante el primer año, aquel período intolerable, atroz, cuando solo tenía nueve años. Pero las aves carroñeras se habían limitado a esperar, y no habían esperado mucho. A los trece años un incidente conmocionó a Kezia: una reportera sensacionalista la siguió hasta la sede de Elisabeth Arden y entro tras ella. Kezia no comprendía, pero la reportera sí. Lo comprendía muy bien. La expresión de Edward se endureció al recordarlo. La muy zorra. ¿Cómo puede hacerle una cosa así a una niña? Le preguntó por Liane delante de todo el mundo. «¿Qué sentiste cuando tu madre...?» Cuatro años después de lo sucedido, la pregunta de la reportera estaba fuera de lugar, y al día siguiente al mediodía estaba sin empleo. Edward sufrió una decepción: había confiado en que Kezia trabajará aquella misma noche. Así saboreó aquel mundo por primera vez. Notoriedad. Poder. Una fortuna. Un nombre. Unos padres con torbulento pasado y unos abuelos con pasado no menos turbulento, poder y dinero. Nueve generaciones de esas características por parte de madre, y sólo tres dignas de mención por parte de padre. Pasado, poder, dinero. Cosas que no se pueden inventar, que no es posible disimular. Una nace con ellas en la sangre... Más la belleza, la clase y algún otro ingrediente mágico de imposible clasificación. Y solo entonces uno es Kezia Saint Martin.

Edward removió el café en la taza de Limoges que descansaba sobre su mesa, y se arrellanó en su butaca para contemplar el paisaje. El East River, salpicado de pequeñas embarcaciones y gabarras, era una estrecha cinta gris en la lejanía, a su derecha. Enfrente de extendía el norte de la ciudad, el congestionado centro de Manhattan, con sus rascacielos, y más allá la maciza fortaleza resindencial de Park Avenue y la Quinta Avenida, apiñada cerca de la empresura verde y marrón de Central Park. Y, a lo lejos, la masa borrosa de Harlem. Aquella era solo una parte del panorama, y no le interesaba demasiado. Edward era un hombre atareado.

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