«Entrada en el diario Nº 436. — Te extraño.
Hace seis años que me arrebataron tu amor, tu calor, tu sonrisa. Aún no me acostumbro a despertar sin tu abrazo, sin el aroma y exquisito sabor de tu café, y esa perfecta sensación al vestir la ropa que almidonabas con tanto amor para mí.
La justicia prevaleció, al igual que mi vacío por tu ausencia. Mi vida no tiene sentido sin ti, y siento que nada me devolverá esa felicidad que me dabas.
Mi mejor amiga, mi eterna confidente, no hay día en que no te extrañe, no hay día en que no desee volver a verte.
Te amo, mamá».
Samantha despertó ese día con una sensación de nostalgia que la acompañó por un buen rato, escribir la hacía sentir mejor.
A sus veintitrés años, Samantha era toda una entendida de los libros. Debido a su enfermedad, no pudo asistir a la escuela con los demás niños, por las constantes burlas hacia su aspecto; su madre pagaba profesores particulares para ella. Siempre mostró gran potencial, y un amor romántico hacia la lectura. Samantha llevaba la alopecia areata universal como una sombra permanente; la enfermedad le había arrebatado todo cabello, obligándola a ocultarse bajo telas que apenas rozaban su piel. Esa misma piel, tan fina como seda desgastada, temía el más leve roce y rechazaba cualquier perfume, dejando su cuerpo sin el consuelo de un aroma.
Era una figura esbelta, de tez nívea que rozaba el borde de la palidez, con unos ojos azules melancólicos que parecían filtrar la luz de los días lluviosos. Su sonrisa, una presencia tangible y profunda que se grababa en la memoria mucho después de haberse desvanecido, era tan escasa que, cuando se asomaba, casi resultaba un espejismo. Una vez, escuchó al bibliotecario decir: «Si quieres ver sonreír a Sam, obsérvala mientras lee un libro».
Quienes la conocían, la trataban con tacto calculado, pues, más allá de aquello que era parte del dominio público, como las noticias del asesinato de su madre a manos de un vulgar ladrón, una muralla de piedra ocultaba el resto.
Samantha comenzó su rutina diaria en medio de una paz ensayada. Una ducha tibia era el inicio del proceso, luego, cubría su cuerpo con talco y vestía ropas generalmente de algodón, pantalones de chándal y franelas frescas de diversos colores. Para salir a la calle, su madre le había dejado un ejército de identidades de seda y cabello sintético en el armario, y maquillaba sus cejas de acuerdo a la ocasión. Esta parte de su vida era una extensión de su identidad ausente: podía ser rubia, pelirroja, o castaña, todo el mismo día.
—Hoy serás una rubia sensual, mi querida Sam —declaraba frente al espejo, mientras delineaba unas cejas arqueadas que la hacían parecer una pervertida. La naturalidad de su peluca sumergía en el olvido sus propias carencias físicas: hebras onduladas caían grácilmente y rozaban sus omoplatos; ella solía separar un poco de cabello hacia ambos lados y lo llevaba hacia el frente. Su belleza divina expuesta en retoques mundanos.
La quinta sinfonía de Beethoven le daba ritmo a su quehacer. Minucias culinarias que buscaban romper el ayuno en medio de una danza de manos que emulaba dirigir una gran orquesta.
Pensaba en su madre; en los hilos invisibles que la ataban a una vida en penumbra. Deseaba explorar la luz, pero su existencia estaba cimentada sobre reglas opresivas y errores viscerales, secretos tan oscuros que solo la tinta de su diario soportaba el peso de sus confesiones, dejando su rostro como un lienzo pálido y exhausto.
La rutina era el dique que contenía la nostalgia. Regar el jardín interior de su madre, ordenar los cojines en ángulos rectos, cubrir la piel expuesta con la pantalla solar para evitar que el aire de la ciudad la lastimara. Cada paso estaba calculado. Solo cuando tuvo la lista de compras en la mano se permitió pensar que, al final del pasillo, el mundo real la estaba esperando.
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El diario de Samantha Mier
Mystery / ThrillerNarra la historia de Samantha, una joven de 23 años con una vida que pocos quisieran vivir. Su diario es el único testigo de lo que ha tenido que soportar desde temprana edad. CC 1811038937348
