Crónicas de Sombras II. Los condenados

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CRÓNICAS DE SOMBRAS II

LOS CONDENADOS

LUCÍA GONZÁLEZ LAVADO

Introducción

Había llegado el momento. Ya no podía aguantar más.

Krista estaba muy cansada de vivir al otro lado, aunque realmente lo que más le atormentaba era la presencia de Eleazar y sus malas maneras. Había aguantado muchos años y era el momento de escapar.

El guersom había salido de copas con unos amigos hacía unas horas y aún tardaría en regresar. Era ahora o nunca. Todavía le dolía la cara tras la última bofetada, y sus brazos lucían varios moratones.

No obstante, no iba a ser fácil escapar de la guardia de su padre. Tendría que salir de la vivienda por el sótano. Sólo esperaba que los hombres de Eleazar la dejasen estar a solas unos minutos.

***

Como cada día, Briseida volvía a visitar el otro lado. Vestía atuendo oscuro, y manejaba su espada con gran maestría. Desde hacía tiempo había tomado por costumbre acabar con sus enemigos y liberar a todos sus presos.

Y hoy era un día más.

Afortunadamente para ella, y gracias a que siempre estaba de viaje, había sido capaz de ocultar lo que hacía a su familia. Llevaba varios días en Los Ángeles, y hoy se había armado de valor para visitar el otro lado desde su visita en la gran ciudad.

Tras inspeccionar la playa, donde encontró a algunos de sus enemigos, los siguió hasta una casa muy bien protegida. Sin duda debían de esconder [LGL1] algo, además de prisioneros.

Presurosa, avanzó hacia el edificio. Tres guersom custodiaban la puerta. Eran demasiados. No podía enfrentarse a ellos sin arriesgarse a ser herida. Quizás allanar Los Ángeles no fuera buena idea y resultara mejor centrarse en pequeñas ciudades, como había hecho hasta ahora, donde como mucho se había encontrado algún guersom o un par de travsom jugando a ser mayores.

Y aunque detestaba tirar la toalla, su vida era lo primero. Quizás más adelante podría descubrir qué ocultaba esa mansión. Sin embargo, cierto movimiento, no muy lejos de ella, captó su atención. No llegó a verlo con claridad, sólo acertó a distinguir que era un joven que iba armado con una espada mágica, como la de ella, la cual no estaba formada por metal, sino por energía pura tan dura como el diamante. Mientras que la de Briseida era azul, la del joven desprendía haces de luz verde.

El desconocido no dudó, como hizo Briseida, sino que fue derecho a enfrentarse a sus enemigos. La muchacha decidió ayudarlo.

***

Tal como Krista se había imaginado, el pasillo estaba custodiado por varios guerreros. Por este motivo, no tuvo que cambiar de planes y fue a la habitación de su padre. Llamó, y al no recibir respuesta, entró. Tal como suponía, no estaba: el rey era un hombre muy ocupado, y su ausencia beneficiaba a la princesa.

Iba a huir, no sabía adónde, y necesitaba medios para ello. Esperaba que nunca la encontrasen. Presurosa, tomó asiento frente al escritorio de su progenitor y se introdujo en sus cuentas bancarias. Afortunadamente para ella, los reyes habían innovado con los tiempos y ya no guardaban sus fortunas en cajas acorazadas, sino que utilizaban los medios más comunes. Tras desembolsar una gran cantidad de dinero en una cuenta con su nueva identidad, regresó al pasillo.

Sin agachar la cabeza, fue derecha a los guerreros.

—Voy al sótano, a visitar a los prisioneros. Y no quiero que ninguno me acompañéis. Hace mucho que no pruebo mis habilidades con cazadores o hechiceros y temo perder agilidad.

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