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Abrió los ojos y la clara luz que no sabía de donde procedía le cegó durante unos segundos. Cuando poco a poco se acostumbró a ella, se dio cuenta de que no veía prácticamente nada, apenas pudo diferenciar que la persona que se acercó a él era un hombre.

-¿Raoul?

Su voz tampoco la escuchaba bien, parecía que había pasado por varios filtros y le resultó bastante incómoda. Abrió la boca dispuesto a decirle algo a ese desconocido, pero no le salía la voz. E igualmente, ¿qué iba a preguntar, quién era?

Notó algo de movimiento a su alrededor, quizás más gente llegando, no lo sabía.

¿Quién era? Vale, a eso se podía responder, él era Raoul, pero su mente no le daba proporcionado más información. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué había pasado? ¿Qué día era? ¿Dónde estaba?

Intentó abrir la boca de nuevo, pero de pronto las pocas fuerzas que sentía desaparecieron. Dejó caer los pesados párpados y se dejó volver a tragar por la oscuridad.


...


Fueron varias las veces en las que Raoul se volvió a despertar, aunque cada vez el tiempo que duraba despierto aumentaba y las horas de sueño descendían. No sabría cuanto tiempo había pasado hasta que despertó del todo.

Lo primero que escuchó fue el pitido intermitente de una maquina y reconoció al poco que se trataba de las típicas que se encontraban en los hospitales y que tantas veces había visto en series y películas. Cuando abrió los ojos se encontró con un techo blanco y una lámpara apagada, por lo que, dado que la habitación estaba iluminada, intuyó que era de día. Giró la cabeza hacia la derecha, encontrándose con Nerea tumbada en la cama vacía jugando con el móvil. La rubia llevaba unos vaqueros largos azules oscuros y un jersey blanco roto, cosa que el catalán no entendió pues estaban a principios de junio.

-¿Nerea? –preguntó con una voz que no parecía suya. Carraspeó un par de veces, extrañado.

La chica se irguió de golpe, mirándole sorprendida.

-¡Raoul! –exclamó, saltando de la cama y corriendo a su lado. Se quedó quieta y sonriente durante unos segundos, pero al final se abalanzó sobre el chico, que la recibió con una mueca de dolor pero una leve risa. Al separarse, Nerea tenía los ojos brillantes de la emoción- ¿Cómo estás?

-No lo sé. ¿Qué ha pasado?

-Espera, voy a avisar al doctor –y sin responder a su pregunta, salió de la habitación corriendo.

Solo se encontraba él en la habitación. La cama que usualmente debería estar ocupada por otro paciente estaba vacía y no había nada de decoración excepto un jarrón con flores en una pequeña mesa que se encontraba en la pared de enfrente. Dada la distancia y que él no veía bien, no pudo distinguir el tipo de flor. A su izquierda había un gran ventanal que prácticamente ocupaba toda la pared, haciendo que la lámpara fuese totalmente prescindible. En el exterior solo se veía un edifico con ventanas grandes como la suya y en el medio, césped bastante bien cortado.

Un par de minutos más tarde, la puerta volvió a abrirse, dejando paso a un hombre vestido con una bata blanca y a la catalana detrás, sonriente.

-Buenos días Raoul –dijo el hombre con alegría. Llevaba en la mano un portapapeles con algunas hojas y un bolígrafo enganchado a un bolsillo de la bata. Se colocó a su lado y le puso la mano libre en el hombro-. ¿Qué tal? ¿Cómo te encuentras?

-No se –respondió el, algo confundido-, creo que bien –el hombre asintió con la cabeza acompañado de una gran sonrisa. Abrió la boca dispuesto a hablar, pero el catalán se le adelantó-. ¿Qué hago aquí?

RememberWhere stories live. Discover now