Héctor se despertó con el pitido insistente de su alarma. Se incorporó sobre la cama y de un toque en la pantalla de su móvil apagó la alarma que sonaba, como todos los días, a las ocho en punto. Héctor tenía un horario muy estricto, siempre hacía lo mismo, sin poder saltarse ni un solo paso en su rutina. Se levantó rápidamente e hizo la cama colocando la colcha de mala manera sobre el colchón. Luego abrió una de las puertas de su armario y se quedó de pie observando aquel corcho que había pegado, no hacía mucho tiempo, con cola en la parte interna de la puerta. Estuvo mirando aquellas fotos pinchadas, vestido solamente con unos calzoncillos, durante algunos minutos, como si fuesen a cobrar vida, como si les fuesen a contar el secreto más grande del mundo. Cuando creyó que ya había pasado suficiente tiempo abrió la otra puerta donde se encontraba otra tira de corcho con más fotos, todas de la misma persona, la mayoría en la calle de Héctor, algunas en el instituto, otras en sitios más extraños; los tesoros de Héctor. Eran sus favoritas porque era menos probable que se encontrasen en aquellos lugares, más inesperado. Recordaba perfectamente el día en el que había tomado cada foto, todo lo que ella había hecho antes y después de que hubiese sonado un clic desde su cámara, cada gesto, cada paso, cada movimiento, todo.
Héctor siempre había sido muy observador. Desde pequeño había estado obsesionado con el control y el orden, quería saber muchas cosas, quería saberlo todo sobre lo que le rodeaba. Quería conocer a las personas de su entorno sin tener que acercarse a ellos, sin tener que llegar a conocerlos, así que Héctor empezó a analizar a la gente. No tardó mucho en aprender, le gustaba observar y estudiar gestos, miradas, tonos de voz... Pronto descubrió que estudiar el lenguaje corporal era de las pocas cosas que se le daban bien; pero en aquello no había nadie que le ganase. Era muy difícil escapar de sus miradas, y más aún, conseguir esconderte de él, formar una especie de barrera para que de una mirada no lo supiese todo sobre ti. Eso era prácticamente imposible. Así que de un vistazo conocía a las personas, sin tener que hablar, sin tener que tardar años para conocerlas bien del todo, sin tener que ganarse su confianza; para él era simple, entretenido, casi un juego. A Héctor le gustaba jugar a descubrir los secretos de la gente antes que nadie, así tenía el control, y podía entender todas las cosas que pasaban a partir de eso, aunque luego no fuese a hacer nada con aquella información, él sabía las cosas, comprendía todo, y eso lo hacía sentirse bien consigo mismo, completo.
Héctor había pasado toda la secundaria sin encontrar mayor problema que los estudios. En su instituto público había muchos estudiantes, y cada año llegaba más y más gente, para él, aburrirse era muy difícil. En las clases no siempre estaba con las mismas personas, con lo cual siempre podía distraerse descubriendo cosas nuevas sobre ellos, o enterándose de todo lo que les ocurría a sus compañeros. Uno de sus juegos favoritos era el de adivinar lo que iba a pasar antes de que ocurriese nada, sobretodo le gustaba porque siempre ganaba. Siempre suponía el final de una serie de mentiras que tenían lugar durante meses, casi siempre acertaba, o se quedaba muy cerca del resultado final. Héctor tenía buena memoria, por eso no necesitaba anotar las cosas que iba descubriendo en ninguna parte, tenía sus propios archivos en la cabeza, sus listas sobre todas las personas que iba conociendo. Lo más complicado para él eran los nombres, sabía algunos de la gente que iba a su clase, y de personas que escuchaba por los pasillos, pero cuando se trataba de gente de otros cursos, Héctor usaba su propio sistema para nombrarlos: sus secretos. Así usaba lo que descubría al verlos para llamarlos en su mente sin confundir a las personas ni mezclarlas con otros asuntos, y además sin olvidarse de la información. A Héctor le gustaba sentarse en la cafetería, en una mesa pequeña estratégicamente situada para tener una vista completa de todas las personas que se encontraban allí, y así podía saber todo lo que pasaba, mantenerse al día.
Antes he mencionado que escapar del análisis de Héctor era prácticamente imposible, y lo hubiera sido, si Cristina Hernández no hubiese aparecido. Llevaba mucho tiempo en aquel instituto, en el mismo curso que Héctor, pero había elegido otra rama de estudios distinta, y nunca habían coincidido. Pero unos meses más tarde de que empezase el curso, había decidido cambiarse, y sin dar más explicaciones, habían acabado en la misma clase. Héctor no le había dado mayor importancia, sabía que tendría tiempo de sobra de descubrir cosas sobre ella. Pero pronto se dio cuenta de que esta vez no le iba a resultar tan fácil como de costumbre. Al cabo de una semana de tener a Cristina en su clase, ya se comenzó a desesperar, sabía que tenía algo diferente. Se sentaba en la última fila y no solía intercambiar más de dos palabras con nadie. Simplemente estaba atenta de las clases, y a la vez tenía la cabeza perdida en su mundo, en sus cosas. Cuando salía de clase se reunía con algunos de sus amigos, y parecía otra persona completamente distinta, alguien alegre, charlatana, siempre en medio de todas las cosas que pasaban, y aún entonces, Héctor sentía que su mente seguía vagando en aquel mundo formado en su cabeza. Eso era de lo que tenía miedo, podía descubrir mil cosas sobre ella, estudiar lo que le pasaba, lo que hacía, pero en su mirada siempre encontraba aquella puerta entreabierta, que le dejaba ver que nunca estaba del todo donde estaba, que siempre estaba en su mundo, y al que Héctor jamás podría acceder.
BINABASA MO ANG
Acosador
Teen FictionHéctor está enamorado, o mejor dicho: obsesionado. Héctor está empezando a perder la cabeza por completo, y ya no sabe qué hacer para dejar atrás lo que está empezando a desarrollar. Héctor se está convirtiendo en un acosador, y le da miedo, y no qu...
