Suicidio.
Tecleé la palabra por error y me detuve un momento. El cursor tintineaba en medio de la página digital. Era una de esas ocasiones en que te encuentras tan inmerso en tu trabajo que cuando alguna cosa parece no encajar del todo, tardas un rato en notar el por qué. Una vez me di cuenta, borré la palabra de golpe.
Me llevé ambas manos a la cara e intenté desperezarme un poco. No era la primera vez que el término cruzaba por mi mente esta semana y tampoco esperaba que fuera la última. Llevaba tiempo imaginándomela como uno de esos vendedores ambulantes que suelen abordarte en la calle, repitiendo una y otra vez que tienen lo que necesitas, pero que al final de cuentas solo cumplen su trabajo, y no podría importarles menos si lo que tenían para ofrecerte era realmente lo adecuado.
Había pasado horas allí sentado y me sentía anclado a mi escritorio. Hacía todo el esfuerzo que me era posible por concentrarme en los libros contables. Incluso podía reproducir la voz de mi jefe perfectamente en mi cabeza. Más vale que esos libros estén listos para mañana o mejor te vas buscando otro empleo. Pero hasta ese momento mis intentos habían sido poco fructíferos. El estrés que me causaba todo el asunto solo parecía empeorar el desastre que era mi cabeza.
Desde mi asiento podía ver a José en su escritorio. Llevaba los audífonos puestos y por un momento su concentración me pareció insoportable. Que sintiera eso no era justo, y lo sabía, pero así estaban las cosas. Éramos auxiliares de contabilidad y los únicos empleados de esa área en trabajar pasado las cuatro de la tarde. Una vez el reloj marcaba esa hora, nuestros superiores abandonaban sus puestos, dejándonos con una considerable cantidad de quehacer extra cuyos avances demandarían al día siguiente. Para José aquello no era problema. Para mí, en cambio, cada minuto transcurrido solo lograba empujarme un poco más hacia el límite de la desesperación.
Mi atención se desvió hacia una cajita transparente de chinchetas que José tenía en su escritorio. No supe en qué mi momento la atención rebotó hacia mis muñecas.
Parecen ser bien filosas. Tal vez algunos minutos de dolor, pero con algo de paciencia podría despedirme de este mundo.
El pensamiento fue fugaz. En un segundo, llegó y se fue. Mi total antipatía hacia el dolor no daba lugar a que fuera posible. Bastó una mueca y el plan quedó descartado.
A veces me resultaba un poco molesto el coquetear con la muerte de esa forma. Trabajaba en la parte administrativa de un hospital y aunque no presenciara la muerte de cerca regularmente, estaba consciente de que muchos en aquel edificio preferirían estar en mi situación, por más desesperante y sin sentido que me pareciera.
Dejé escapar un suspiro y me puse de pie. Me acerqué al bebedero, llené uno de los pequeños conos de papel y me permití observar en lo que se había convertido mi vida en un horario regular de tiempo completo. Montones de papeles apilados en variados cúmulos, el sonido seco de los computadores encendidos y una habitación empequeñecida por la disposición de los escritorios y archiveros.
Al principio, la monotonía transpirada a través de aquellas cuatro paredes no me había importado, de hecho, en algún momento la prefería, pero ahora me golpeaba como un repentino ataque de acidez. Me terminé de beber el agua de un trago.
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Igor
Mistério / SuspenseConoce la historia de Adrián, un escritor frustrado que regresa a su pueblo natal en busca de los secretos que giran en torno a unos asesinatos perpetrados allí en el año 1984. Para ello, deberá revivir viejas pesadillas personales, manchadas por la...
