CAPÍTULO 1: CON CARAMELO

12 2 2
                                        

Mingyu volvió a la cafetería cercana a su apartamento. Le encantaba pasar ahí el rato. El amargo, pero acaramelado sabor de su café favorito, el Americano, no era motivo suficiente para visitar el establecimiento que aglutinaba a una inmensa cantidad de clientela, la cual solo pretendía degustar un exquisito, dulce y caliente café en las tardes otoñales. Sin embargo, a Mingyu le hacía sentir en casa, resguardado del frío y bastante cómodo, a pesar de tener que pasar inadvertido, en la medida en que pudiera.

No le importaba llevar gafas de sol, gorra o gorro y máscara. Mientras pudiera estar allí sentado, admirando el cielo cubierto de nubes, le era más que suficiente. Era su mejor parte del día. Desconectar, no pensar en nada y pensar en todo, desahogarse y organizar sus ideas era todo lo que hacía allí, aparte de beber un delicioso café, por supuesto.

Es ahí donde el destino de nuestros protagonistas se cruzan.

No es casualidad que Mingyu siempre fuera a la misma hora. Y tampoco es casualidad que justamente se tratara del turno de trabajo de [T/N]. Esta joven de 20 años era empleada a tiempo parcial allí. Además de ello, se preparaba para realizar unos exámenes, por lo que sus mañanas las utilizaba para ello. Quería ganarse la vida de profesora, pero tenía que ganarse el poder estudiar teniendo que trabajar.

[T/N] era la mejor empleada que preparaba el café, importando más bien nada de qué tipo se tratara. Sabía hacerlo a la perfección, siempre todo impoluto y con un trato a los clientes muy profesional, tanto que con algunos mantenía una profunda amistad.

Mingyu no era uno de los clientes que hablara mucho, precisamente. Y cada vez lo necesitaba menos. [T/N] ya se sabía su bebida preferida y más o menos a la misma hora ya comenzaba a prepararla, pues sabía que Mingyu no faltaría.

Y ahora viene la pregunta que todos nos estamos haciendo: ¿[T/N] sabía que Mingyu era el famoso idol Mingyu?

La respuesta es que no, aunque algo intuía, pues, como hemos dicho, siempre intentaba pasar inadvertido. Eso no es que la tranquilizara, pero sí que sentía que tenía que protegerlo, resguardarlo de algún modo en la cafetería. Por aquella razón, ella no se atrevía a hablarle demasiado, para que este no tuviera que verse forzado a responder y dejar que se descubriera. Le observaba muchas veces desde la barra intentando averiguar quién era. Tampoco era que la importase, pero sí que sentía curiosidad.

Sin embargo, no todo duró así, pues el destino tomó las riendas de las vidas de nuestros dos protagonistas.

Sonó el teléfono un jueves en otoño por la tarde, durante el turno de [T/N]. Nunca llamaban a la cafetería, lo que extrañó bastante a la joven encargada, hasta el punto de pensar que se trataría de una broma. Aun así, descolgó.

- Buenas, cafetería...- dijo [T/N], aunque la interrumpieron por la otra línea.

- Sé a dónde estoy llamando, gracias. Era para realizar un encargo.

- Un segundo que cojo papel y lápiz.

La joven buscó rápidamente algo con lo que escribir en su libreta y volvió a ponerse el teléfono a la oreja con más dudas circulando por su cabeza.

- Dígame- dijo ella.

- 20 cafés americanos, 45 cafés con leche, 32 caffè latte, 58 infusiones de English Breakfast y 15 chocolates. Para mañana por la tarde, a las 17 horas.

- Entendido, ¿a qué dirección?

- Por eso no se preocupe, a menos cuarto pasará alguien para acompañarle.

- Ya... ¿Llevaré el vehículo de la empresa o preferirá cargarlo en el suyo?

- En el nuestro. Pero usted vendrá también a terminar de preparar las bebidas. Y traiga la cuenta.

- Como desee.

- Bien, adiós.

- Adiós y gracias.

[T/N] colgó el teléfono y echó un vistazo a su libreta. Suspiró viendo la cantidad de trabajo que tendría, pero echando cuentas se llevaría un extra a casa con una alta posibilidad. Miró a la cafetería y luego al reloj. Era hora de cerrar. Estaba cansada y mañana debería venir antes para comenzar a organizar todo lo que iba a necesitar para hacer las bebidas parcialmente en directo de alguien que intuía ella que tendría poder, dinero y fama.

Se marchó a su casa.

Al día siguiente regresó una hora antes para distribuirse y prepararse.

Llegaron las 16.45 y, tal y como prometió el misterioso cliente, apareció por la puerta un señor trajeado. Estaba con la cara descubierta y se quitó su sombrero para saludar a [T/N].

- Tengo la furgoneta afuera. Si me permite...- dijo él acercándose a las bandejas y cajas que estaban listas para transportar.

- Oh, sí- dijo la joven ayudando al señor.

Luego, se montaron ambos en la furgoneta para hacer el encargo.

[T/N] estaba incómoda y no era para menos, pues debía realizar aquella entrega y terminar de hacer las bebidas en directo. Además, su cafetería había quedado en manos de otro compañero, cosa que no le gustaba, ya que echaba de menos a sus fieles clientes.

Entraron por el garaje de un edificio inmenso.

"Es enorme y bastante reconocible", pensó [T/N], aunque no pudo fijarse bien en qué edificio estaba,

El señor aparcó y descargaron la mercancía en un carro que habían dejado listo para la ocasión.

[T/N] empujaba el carro fijándose en todos los detalles, pero no había demasiados en un pasillo de sótano. Atravesaron muchos pasillos y la joven sabía que, si tenía que huir, lo tendría imposible salir a la primera sin corregir sus pasos más de una o dos veces.

Terminaron en una sala inmensa, llena de comida envasada y lista para unos comensales a la altura de cualquier capricho. El café solo sería un picoteo previo a los deliciosos manjares que iban a degustar los invitados a lo que parecía un banquete sin sillas, pero con comida, mucha y no barata.

- Comienza a acabarlas- ordenó a [T/N] el señor.

Ella asintió y en la mesa libre para el café empezó a terminar de preparar las bebidas con mucha delicadeza y buscando la absoluta perfección para no decepcionar a ningún comensal.

Pronto comenzaron a llegar las personas armando jaleo. [T/N], a la vez que terminaba algunas de las bebidas, se fijó en quiénes eran los afortunados: personas normales y, para su sorpresa, idols. En concreto, fueron Seventeen. Parecía como si hubieran terminado alguna filmación y era el turno de ganarse el premio.

Tomaron todos una bebida recién preparada, incluyendo a Mingyu.

- Perdone, ¿le ha echado caramelo?- preguntó Mingyu a [T/N] señalando su café americano.

- Oh, no. ¿Cuánto desea?- preguntó ella recordando al cliente alto que solía tener a la tarde y que siempre la era irreconocible.

- Eche y le diré que pare.

Así lo hicieron y nuestraveinteañera se vio recompensadacon una sonrisa brillante de Mingyu y un "gracias".    

AMERICANOStories to obsess over. Discover now