Prólogo.

15 0 0
                                        

''Larga noche que se extiende por horas, años, milenios. Envolviendo con sus mantos todo lo que ha existido, todo lo que existe y existirá en el vasto universo. Mientras los niños juegan en el parque, mientras las madres cuidan de los recién nacidos, mientras los más aguerridos salen a cazar... la noche siempre está presente, siempre cae, pero nunca se levanta''.

Y yo, cómo no, voy caminando por el bosque. Un poco asustado, mientras sostengo, de forma no tan heroica, la única fuente de luz que me deja ver entre las sombras: una vieja, pero bastante útil linterna. He salido a recoger algunas manzanas de los árboles en las afueras del pueblo. Los árboles no me pertenecen, pero es casi imposible que me meta en problemas a estas horas, cuando la oscuridad está en su punto más alto, cuando no puedes ni mirarte las manos cuando las pones frente a ti.

Estoy apunto de llegar al pueblo, puedo ver las pocas luces que lo hacen visible. Soy sumamente cuidadoso con mis pasos, puesto que en la zona justo antes de entrar al territorio del pueblo existe un gran número de trampas; afortunadamente conozco un camino seguro por el cual puedo pasar sin ningún inconveniente.

Bastante agotado, soy capaz de divisar la primera calle que es visible. Para acceder a ella tengo que traspasar una casa, la casa del señor Ernesto. Me acerco lentamente a la valla que separa la casa de la zona insegura. Dejo de moverme completamente y trato de no hacer demasiado ruido. Rápidamente, me trepo por la valla de 2 metros de altura, doy un paso en falso y caigo de forma estrepitosa en el jardín del señor Ernesto. —¡Qué torpe soy!— me digo a mí mismo, mientras, recostado en el jardín sin la capacidad de poder levantarme, veo cómo el señor Ernesto sale bastante alarmado a ver qué estaba sucediendo.

Luego de haberme caído, el Sr. Ernesto me ayudó de forma bastante amable y se ofreció para llevarme a  casa en su coche. La verdad estaba bastante sorprendido; después de todas las veces que irrumpí en su casa al volver del bosque, ahora él me ayudaba luego de un descuido. Me siento aliviado, pero un tanto avergonzado... 

De camino a mi casa, mientras observo con mucha nostalgia las calles de gente adinerada que conserva su esplendor, el señor Ernesto recibe una llamada. Veo la expresión en su rostro, y la verdad, ésta me preocupa más que el hecho de que está hablando con su teléfono mientras maneja. De una forma no tan indiscreta, el señor Ernesto parece estar muy ansioso, tanto que de forma repentina, empieza a apresurarse y a pisar más fuerte el acelerador. No tengo tiempo de mirar por la ventana, pues vamos muy rápido. Estoy seguro que casi ya hemos atropellado a algunas personas.

Usualmente, desde la casa del señor Ernesto hasta mi hogar, se llega en quince minutos, pero esta vez lo hicimos en menos de diez. Estamos frente a la entrada de mi casa, puedo ver que mi hermana pequeña, Celeste, me ha visto llegar. Entonces, salgo del coche, pero antes de siquiera poder agradecerle a Don Ernesto, él cierra la puerta de manera desesperada.  —No abandones los límites del pueblo en los próximos tres días— me dice él, bastante desesperado — el grupo de expedición ha dado con uno de ellos realizando ofrendas a las afueras de la ciudad. Ya encontramos a los niños desaparecidos. Luego de eso, él se va en unos instantes.

Podría estar bastante asustado luego de oír esas palabras, después de todo, las manzanas que recogí no serían suficientes para esos tres días. Sin embargo, decidí no estar preocupado, ya que tenía a alguien a quien cuidar, mi hermana. De forma calmada, entro en mi casa y encuentro a mi hermana sentada en el sillón, leyendo un libro. —Las manzanas de hoy lucen exquisitas, ven a probar algunas— dije, mientras mi hermana, acurrucada en el viejo sillón de la sala, me recibe con una sonrisa.



AquelarreHikayelerin yaşadığı yer. Şimdi keşfedin