Capítulo 1. Hacer las maletas

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Capítulo 1
Hacer las maletas

— No puedo creer que estemos acabando el curso Emi. ¡Solo quedan dos semanas!

— ¿Solo? Querrás decir que aún quedan dos semanas para acabar— me corrige mi amiga.

Resoplo. No puede estar diciéndolo en serio.

—Oh, venga ya — me quejo—. Llevamos como nueve meses de clases y acabamos de terminar los exámenes, ¿no te parece suficiente?

—No, porque eso significa que tengo que seguir levantándome a las siete de la mañana durante dos semanas más —me responde forzando una sonrisa.

—Vale, ahí tienes razón — reconozco.

Si hay algo que Emi y yo odiemos casi por igual es el tener que madrugar por obligación. No es la misma sensación cuando lo haces por placer que cuando lo haces por compromiso. Por eso no tengo problemas en despertarme cuando todavía no ha salido el sol si hacemos alguna actividad interesante en clase.

Todos los días después de clase Emi me acompaña a casa, entre otras cosas porque las dos nos dirigimos al mismo sitio. No es que la chica y yo vivamos juntas, pero nuestros hogares están en la misma dirección. De la misma forma, ambas caminamos juntas por las mañanas hasta nuestro instituto. Si todo sale bien, el año que viene estaremos haciendo este camino por última vez, cosa que me ilusiona y apena a partes iguales.

— ¿Te veo mañana a la misma hora? — me pregunta la chica cuando llegamos a la puerta de mi casa.

Pese a que sabe perfectamente cuál es la respuesta, asiento.

Emi espera a que encuentre mis llaves para continuar su camino, ya que más de una vez he acabado comiendo en su casa o he tenido que llamar a mi madre y preguntarle si había llegado de trabajar para que me abriera desde dentro porque se me habían olvidado las llaves. En mi defensa diré que hace mucho tiempo que no me pasa.

—Hasta mañana —me despido metiendo la llave en la cerradura.

Mi amiga me responde agitando su mano y comienza a alejarse.

Lo primero que hago en cuanto cierro la puerta es deshacerme de la pesada mochila y dejarla caer en el suelo. Sé que debería subirla a mi cuarto y de hecho he perdido la cuenta de las veces que mi madre me ha pedido (de forma más y menos amable) que no la deje en medio del pasillo.

— ¡Mamá, ya estoy en casa! — anuncio en voz alta.

Normalmente suelo obtener una respuesta inmediata y me extraña no conseguirla hoy. No me he fijado en si el coche de mi madre estaba fuera aparcado, pero debería. Los jueves sale antes del trabajo.

Al asomarme al salón veo que mi madre está de pie frente a la ventana. Justo cuando voy a reprocharle el no haberme saludado me fijo en que está hablando por teléfono. Poco después se gira y se da cuenta de que he llegado, me hace un gesto con la mano y sale de la habitación para dirigirse escaleras arriba.

No tengo ni idea de con quién está hablando ni sobre qué, pero me da la sensación de que la intención de mi madre es que no me entere.

Entonces escucho a mi barriga gruñir y ordeno mis prioridades: voy a almorzar, ya preguntaré más tarde.

Al terminar de comer y ver que mi madre aún sigue en la planta de arriba me extraño aún más. O están teniendo la conversación más larga del mundo (la cual podría ser perfectamente con alguien de mi familia) o se ha escapado por la ventana de alguna de las habitaciones a escondidas.

Cojo la mochila que dejé antes en el suelo del pasillo y subo las escaleras hasta mi cuarto intentando escuchar alguna conversación, pero lo único que escucho son mis pasos haciendo ruido en el suelo de parqué. Dejo la mochila en mi habitación y me tumbo en la cama. Al haber terminado los exámenes, mis quehaceres académicos se han reducido estrepitosamente.

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