Una carta con aroma a café

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Aquella fría mañana era el preludio de la tragedia que acaecería sobre ella. Las cobijas sobre la cabeza negándose a salir al mundo, eran el signo claro del miedo con el que vivía. Habían pasado algunos minutos desde que el despertador había sonado por tercera vez, pero sabía que tenía un poco más de tiempo.

Por fin, en la ducha, el agua golpeaba su voluptuoso y tonificado cuerpo. El café hervía en la estufa mientras terminaba de vestirse y así salir para la oficina. Siendo la administradora no se podía dar el lujo de llegar tarde y dar mal ejemplo a sus trabajadores; además los lunes siempre tenía que hacer pagos a los proveedores.

Bajó las escaleras rápidamente pero la detuvo el portero. Tenía una misiva que había llegado en la noche según Barrera (nombre bordado en el pecho, porque nunca supo cómo se llamaban los uniformados), pero que no se había entregado por respeto a ella. La tomó, la metió en el bolso sin siquiera revisar el remitente y agradeció el gesto.

En su automóvil llegó a la cafetería, pues su adicción le hacía ser recurrente en su rutina. De pronto un estruendo dispersó las personas en la fila mientras que un café se fusionaba con un hilo carmesí que bajaba hasta la calle.

Ella no se atrevió a abrir la carta que le había enviado aquel hombre que la amaba, advirtiéndole que el monstruo de su niñez había escapado de la cárcel y sabía su rutina.

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