Parte única

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I.

Todos cometemos errores. Eso es algo tan triste como cierto, sin embargo Manuel, prefería cometerlos la menor cantidad de veces posibles. No importa que Miguel le dijera (con la nariz sangrando, por haber estado en el lugar y momento equivocado) que con cada error uno se hacía más sabio y gana experiencia para más adelante.

Manuel González a veces piensa que su amigo solo busca excusas para defender todas las torpezas que hace, con tal que nadie le dé miradas reprobatorias. Le había dicho que no lo acompañara, pero simplemente le respondió abrochando el cinturón de seguridad.

Ahora Manuel, rodeado de blanco y con ese pito ensordeciéndole los oídos, teme que no ha aprendido lo suficiente y ahora no sabe qué hacer.

Muerto.

Está muerto.

Miguel, malherido le da una mirada llena de rencor. Ey, que él tenía muchas cosas que hacer antes de esto.

"No es tu tiempo Migue, date la vuelta, el Pancho te espera. Aquí no me puedes acompañar" el muchacho cubierto de sangre parece querer debatir, pero poco a poco desaparece, consumido por esta niebla luminosa.

Esto no es lo que quería para sí mismo y mucho menos para Miguel.

No puede dejar que caiga con él, sería el colmo.

Muerto. Muerto. Muerto.

Da un paso, sumergiéndose en un mar de luz donde nadie puede sacarlo.

Cierra los ojos y se deja llevar.

Quizás éste sea su mayor error y del que más aprenderá por el resto de su existencia.

II.

Todo comenzó hace mucho tiempo atrás, tanto que ya no puede dar una fecha exacta, pero puede decir que su vida tomó este rumbo, y por ende, a la serie de hechos desafortunados, en el momento que tuvo la fortuna (o desgracia) de conocer a Martín Hernández.

Martín, Martín de ojos brillantes, de sonrisa preciosa. Martín hijo de puta, estúpido Martín.

Manuel luchó mucho tiempo contra sus sentimientos, porque se sintió mínimo e insignificante. Un mosquito embelesado por la luz.

Sabía que no era la decisión más acertada comenzar a tener sentimientos por, inicialmente, tu compañero de piso y luego, tu mayor pilar en la vida.

Manuel tuvo fobia a amar. No tanto por no ser correspondido (porque es fuerte y a capaz de soportar ese dolor si es que nunca hay esperanza), sino por el miedo a hacer estupideces de las que luego se iba a arrepentir.

Manuel odia cometer errores, pero creyó, mientras sostenía la cabeza de Martín en sus piernas y tenía la sonrisa tallada en la boca, que no podía ser tan malo. Que quizás podía salir bien parado y que sus miedos eran infundados.

Ahora, en medio de esta misteriosa luz, se lamenta al saber que nunca estuvo más equivocado.

III.

La fiesta era para celebrar el cumpleaños de Francisco, quien al vivir en una pensión, no podía darse el lujo de celebrar "¡y tirar la casa por la ventana, gracias por prestarme tu depa, Manu!".

Manuel podía ser introvertido, sarcástico y (algo) amargado, pero tenía un corazón de oro con sus amigos. Y Francisco jamás había recibido una negativa de parte suya. Porque el Panchito era el Panchito, imposible no darle una vuelta de mano si lo necesitaba.

Manuel, ahora, sin dolor y limpio de sangre, se pregunta si acaso el Pancho se culpa por lo que sucedió.

Bueno, nadie podía esperar que Manuel, en un arrebato por culpa del alcohol y el despecho, hubiera tomado las llaves del auto de Miguel.

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