La profesora balbuceaba conceptos inteligibles explicando raudamente los temas remanentes para el examen de álgebra de la siguiente clase. Kate, siempre acostumbrada a tomar notas sobre cualquier nimiedad que Mrs. Shepps dijera, hoy empero prestaba la más mínima atención, incapaz de contener la emoción por lo que había ocurrido poco antes de entrar a clase: Janet le había dicho que esa misma noche haría una reunión íntima de amigas en casa y estaba invitada a la misma. Lo que quería decir, entonces, que Janet en efecto la consideraba una amiga, y con vistas a los años transcurridos entre desolación y acoso, en sus humildes habilidades sociales lo creía un paso indescriptiblemente importante.
No es que la clase fuera aburrida, de hecho era realmente interesante, sino que en ese momento Kate no podía sacar la vista del virtuoso y socarronamente desaliñado cabello pelirrojo de Janet, siempre sentada en el banco contiguo, aunque no por ello extremadamente distante de sus pares. Hacía ya seis meses que Janet, originaria de Bristol, había llegado desde una trayecto misterioso y renuente a inquisiciones, y si este tiempo había sido poco o mucho no importaba tanto como que desde el primer instante en que la conoció, y muy al pesar de sus vanos esfuerzos, no había podido borrarla de sus más profundas y vergonzosas fantasías. Siempre liberal, rebelde, bella; su cabello aterciopelado tiernamente empalmaba un magnífico contraste con los múltiples tatuajes que adornaban su cuerpo, símbolos de experiencia y madurez. Kate no había podido evitar sonrojarse cuando la vio desnuda por primera vez en las duchas, pues, sin ánimo de exagerar, su cuerpo estaba increíblemente desarrollado y curvilíneo para sus escasos dieciséis años. Sus senos, como si pudiera ser de otro modo, causaban prístina envidia entre sus compañeras y, probablemente, habitaban también los sueños húmedos de todos los toscos y babosos pupilos del Bourneshield High School, centenaria institución privada ubicada en el estado de Atlanta, denominada de manera homónima a la pequeña ciudad donde estaba se emplazaba y de la cual el tío de Janet ocupaba tanto el cargo de director como el vigía del legado que la alta alcurnia normanda responsable de su fundación hacía inabarcable tiempo, por más que pasara tan poco tiempo dentro el mismo como para que los estudiantes en absoluto lo reconociesen si lo vieran en la calle. Sin hallar explicación en un principio a la naturaleza última de la atracción habrían de comenzar tangencialmente a platicarse y dar así inicio a una fraternal relación pese a la inherente personalidad reservada de Kate y cuyo devenir quedaba en entusiastas puntos suspensivos tras el ofrecimiento de Janet para quedar aquella noche.
A Kate en realidad no le atraían las chicas; de ello estaba completamente segura, hasta donde sabía. Llevaba ya un año de noviazgo junto a Peter, su amigo de toda la vida, y en verdad disfrutaba de la relación. Más allá de toda duda, sí sentía aprecio por él; o al menos eso era lo que se decía a sí misma. La inmensa mayoría de sus familiares los describían como la pareja perfecta, una a la que no sería difícil verlos cuando adultos casados y con niños. De tanto escucharle repetir esto su madre, Kate empezó a convencerse de la idea de un clemencial futuro como madre, esposa y ama de casa. No obstante, una parte inconsciente de ella no veía a Peter como su novio, por más que se abrazaran y besaran rutinariamente a diario, sino más bien como lo que era, aquel tímido chico que había crecido a su lado desde la primera infancia: la pasión sexual que se supone debe haber entre dos enamorados no tenía lugar alguno en esta relación y, a decir verdad, los besos con Peter no se dibujaban ni aventajaban en trascendencia a los que le daba su perro Bobby al llegar a casa. Aparentaba como si los único que los mantuviese juntos fuera que ambos eran becados y, en efecto, anexados al eslabón débil de la cadena alimentaria rudimentaria y tribal de uno de los colegios más prestigiosos y caros del condado, suponiendo la fatalidad como una unión superiormente firme, familias amigas por medio, que el libre albedrío. Tanto esfuerzo en mantener una imagen, un concepto sobre el esfuerzo y el ideal de alumno, recubierta en el refinado pronto finado mundo de ilusiones del cual Janet, reconstruyendo quizás su condición más bien hedonista por una concepción etérea, representaba la puerta de salida de la que no habría marcha atrás.
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Malas Influencias
Teen FictionKate nunca se había sentido especialmente atraída hacia las mujeres, aunque con Janet le ocurría algo totalmente distinto. Siempre había pensado que su futuro era casarse con su novio Peter, tener muchos hijos y desarrollar una plácida vida como ama...
