Parte 1

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Los Ángeles, California. 14 de abril de 1989

El sonido del despertador rompió el silencio de la pequeña habitación en donde Alice Walker se encontraba profundamente dormida. El sonido se propago como un virus en invierno hasta sus oídos, provocando en ella un pequeño jadeo, y un suspiro que se ahogó al contacto de la palma de su mano contra sus labios.

Aun con el cansancio encima, tomo el reloj de muñeca que había dejado la noche anterior en su mesita de noche, y miro la hora que este marcaba: 5:07 de la madrugada.

Dejo el reloj donde había estado segundos antes de que lo tomara, y se sentó lentamente al borde de su cama. Tallo de manera frenética sus parpados con ambas manos, y suspiro de forma pesada, como si eso ayudara a librarse de todo cansancio y frustración que su cuerpo y mente experimentaban en ese momento.

Se deslizo hacia adelante para que sus pies pudieran tocar el suelo, y se levantó con dirección al cuarto de baño que ya la esperaba con una cálida luz encendida.

Desde la muerte de su hermano pequeño en un accidente automovilístico hace 4 años, Alice prefería dormir con una luz encendida, tal y como su pequeño hermano hacia siempre. Había algo reconfortante y especial en la manera en que la tenue luz chocaba contra sus parpados durante la noche; le daba confianza, pero más importante aún; le brindaba paz antes de dormir.

Se paro frente al espejo con marco de madera del cuarto de baño, y se miró a si misma con una sensación de inseguridad que le recorría el cuerpo entero, una sensación que ella había calificado en más de una ocasión como injusta. De cualquier modo, Alice jamás fue una mujer fea a sus 23 años. Tenía la piel pálida, las facciones finas y delicadas, las cejas delgadas, cabello castaño, largo y ondulado, y sus ojos eran azules, semejante al cielo de Los Ángeles en una calurosa mañana de primavera.

—Anímate, Alice, eres muy bonita. Seguramente Francis esta totalmente enamorado de ti.

Alice sonrió levemente al recordar al chico que le había robado el corazón hace un par de meses, y soltó una pequeña risa nerviosa, como si sus propias palabras aliviaran su inseguridad y la ambigua soledad que la envolvía.

Después de una rápida ducha con agua caliente, Alice regreso el dormitorio con dirección del ropero y tomo lo primero a la mano; unos jeans negros, una camisa de rayas negra y café, y una chaqueta roída de mezclilla.

Mientras las telas de la ropa rosaban su piel, Alice solo lograba asimilar la tranquilidad que predominaba en el pequeño departamento donde vivía desde hace un par de años. Observo las colillas de cigarrillos que descansaban sobre el cenicero que estaba encima de la mesita de noche, un par de tazas y platos sucios en el suelo, y un libro de poesía al borde de la cama, el cual, imagino Alice que, si tuviera la capacidad de hablar, le pediría que recorriera las palabras que este guardaba una vez más.

Avanzo hasta la entrada principal de su departamento, y salió sin prisas hasta el ascensor de color gris metálico que bajo sin demora cuatro pisos hasta ubicarla en el recibidor del edificio. Cuando salió, la solitaria y obscura avenida la recibió con una sorprendente ráfaga de viento y con un frio que Alice califico como excesivo para primavera.

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