Diariamente

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El antifaz le impedía ver, así que todas sus sensaciones se intensificaron. El aroma a vainilla inundaba la atmósfera y podía sentir el calor de las velas.

-¿Estás listo?

Tragó saliva y asintió. Colocó sus manos detrás de su espalda mientras era esposado con una soga gruesa.

No era la primera vez que practicaba BDSM.

El S comenzó a besarle el cuello, bajando por su espalda, causándole un escalofrío. Las sábanas eran muy suaves, estaba reconfortado por evitar ese dolor en las rodillas cuando estaba en el suelo. El aceite tibio comenzó a deslizarse por toda su espina dorsal, mientras masajeaban su espalda con delicadeza.

-Tu piel es muy suave-

No era la primera vez que lo escuchaba, y estaba seguro de que no sería la última. El S le hizo levantar la cadera y le propinó una nalgada.

Las caricias y besos continuaron por un rato, hasta que el Master se atrevió a introducirle un dedo, y así siguió otro hasta que Miqueas comenzó a gemir, al principio suave, como ronroneo,  hasta contraerse. Antes de correrse, su Master (al menos el de esa noche) paró y preparó un juguete en forma de cuerno de unicornio. Con cuidado lo introdujo en Miqueas mientras lo abrazaba para saber su reacción. Acariciaba sus pezones con cuidado y lo besaba. El edging no era su práctica favorita, pero parecía que el S tenía una técnica casi perfecta.

Así volaron 30 minutos, hasta que el clímax estrepitoso de Miqueas rompió con la atmósfera, mientras continuaba el de su anfitrión. Un rato después desató las muñecas del M, enrojecidas por la fricción, y le quitó el antifaz mientras le ofrecía libertad para usar su ducha.

La noche pasó silenciosa y un tanto incómoda, pero era ya muy tarde para regresar a casa. Así que Miqueas se dejó llevar saboreando la cómoda cama que le ofrecía su anfitrión por una noche. 

Despertando a la mitad de la noche, Miqueas percibió unos brazos fuertes rodeándolo. Se giro un tanto incómodo, pero al distinguir el rostro de su temporal amante a la luz de la noche, quedó cautivado por los largos y ondulados mechones castaños y largas pestañas. Justo lo que le había atraído al conocerlo en el bar, sólo que ahora sus facciones parecían aún más deslumbrantes. Fascinado, se quedó dormido hasta la mañana siguiente.



El sol le atacaba directamente al rostro. En cuanto abrió los ojos, le invadió la sensación de una cama que no era la suya. De nuevo, una mañana más en una habitación que no le pertenecía.

¿Hace cuánto no dormía la noche en su propia casa?


PlaceresWhere stories live. Discover now