Sentado en el suelo húmedo y sin duda el más cómodo. La oscuridad y el ruido fuerte en mi cabeza, ambiguo y fría brisa, que de todos los abrazos el más sincero. La oscuridad es hermosa, repetía mi cabeza. No diferenciaba si mis ojos estaban abiertos o cerrados, pero el hedor de su cuerpo me advertía que no estaba solo. El miedo es un arma, pero a la vez es macabra, acaricio mi rostro por un momento y me siento mortal, pero la peste de aquel cuerpo que me inundaba con su mal olor. No me dejaba respirar. Mis ojos se acostumbraron al horror de lo oscuro, sin duda ahora puedo ver mejor el cuerpo. Mi cuerpo inerte, frío y sin manos arrojadas a unos pasos, que cuerpo para tan inservible, descartable y frágil. Una gran creación del más bromista y retorcido amo. Sigo cómodo en el piso, contemplo a todos lados para pedir a alguien que me lleve hasta mi cuerpo podrido y sin manos. Cada vez se pudre mi cuerpo, no sé cuanto tiempo sigo sentado en la penumbra de mi vida. El sonido que hace cada gusano al tragar mi cuerpo es tan sublime y consolador. El mal olor está dejando la habitación; los gusanos se comen entre ellos y se pudren, qué criaturas tan perfectas... El silencio de la habitación es tan perturbador como la misma oscuridad que me susurra al oído; mi lugar perfecto entre la humedad, los gusanos y mi reciente cuerpo carcomido.
