Ciudad del Norte - 1932
–Tengo entendido que está por convertirse en padre. –Dijo el tipo al otro lado del escritorio. Burnello cruzó los brazos, estiró las piernas y pegó su espalda sobre el gastado cuero de la silla giratoria que le habían ofrecido. Se tomó un tiempo para pensar en varias cosas, revivió algunos recuerdos, imaginó una larga lista de pecados y desmenuzó el rostro de quien le hablaba en busca de coincidencias con amigos o enemigos, pero aquel proceso concluyó sin conexiones con la situación. Sin embargo, algún detalle estaba dejando pasar por alto, puesto que el hombre que tenía en frente conocía su nombre, dato que lo situaba en desventaja. Sabía esto por que había llegado allí mediante un sobre, en cuyo lomo se lucía claramente "Burnello A. León" y dentro contenía una nota que lo citaba en soledad, justamente en el turbio lugar en que ahora se encontraba sentado y debatiendo con sus propios pensamientos.
– ¿Para quién trabaja? –Preguntó finalmente el joven. A modo de defensa e intentando equilibrar la charla.
–Para nadie en especial. –Respondió el otro rápidamente –La pregunta correcta sería "por qué" trabajo. Y la respuesta es amplia y varía con los días y mis ánimos. A veces trabajo por una causa, por una idea, tal vez por una creencia o equilibrio, simplemente por inercia o como cualquier hombre, por darle un sentido a la vida. –Y después de aquella respuesta que se balanceaba entre una reflección profunda y una frase armada que podría ser mentira se produjo nuevamente el silencio. Mutismo que tenía una presencia espesa y fuerte, tanto que de no ser por la constancia de la vista, que avisaba a ambos hombres que se encontraban a solas, cualquiera de los dos confundiría al silencio con un tercer y poderoso cuerpo. Un sujeto más en la charla, pero con la habilidad extra de leerles la mente y delatar en un indescifrable momento, los pensamientos que deseaban ocultar.
– ¿Cual es su nombre?, ¿Qué es lo que quiere de mi? –Preguntó Burnello. En otro intento por obtener información.
–Mi nombre es irrelevante. Lo que importa es que me confirme si está por ser padre. –Decía el hombre de traje al momento en que sacaba una carpeta rebalsada de papeles.
–Ese dato es irrelevante. – Respondió el joven irónico.
–Señor León, no se pase de gracioso y responda, ¿Está usted casado con "Danette Zag"? –Indagó el desconocido, y Burnello al escuchar el nombre de su esposa se puso de pie y en una maniobra abrupta agarró al sujeto de la corbata y el cuello. Pero el otro, aún más rápido, lo tomó de los pelos, le estampó la cara contra el escritorio y lo volvió a sentar de un empujón.
–Maldito, usted no sabe con quien se mete. –Gritó Burnello mientras intentaba mirar el techo y parar la sangre que chorreaba de su nariz.
–Fue sólo una advertencia, con dos movimientos podría haberle destrozado el tabique, pero estoy de su lado, será más fácil dialogar si lo comprende. –Dijo el hombre extraño acomodándose la camisa, luego ofreció al joven un pañuelo y continúo hablando. –En esta carpeta que estaba por mostrarle antes de nuestro inconveniente tengo un resumen de su vida. Por lo tanto, si me permite corregirlo, sé perfectamente con quien me estoy metiendo. Conozco incluso, cosas que usted ignora.
–No me interesan las mentiras de un idiota de "nombre irrelevante" –Respondió Burnello, aún mirando el techo, ahora con el pañuelo presionado sobre su nariz.
–Tal vez no lo pueda notar, pero soy al menos veinte años mayor que usted. Intente ser respetuoso, se me acaba la paciencia. Ahora, si es que lo desea, puede verificar esta información y decirme si encuentra errores. –Luego acercó la carpeta al herido y abandonó el sillón para recargar su vaso de agua en una canilla que tenía a su espalda. Burnello por su parte accedió a ver los archivos.
En la tapa del documento se encontraba impreso un símbolo que el joven jamás había visto. El emblema parecía ser una flecha alada apuntando hacia abajo, y la imagen se repetía en la esquina de cada página. También la había visto pintada en forma desprolija, en la puerta de la habitación y forjada en plata, en un dije que aquel extraño llevaba colgado.
Burnello pasó por alto la insignia y desvió la mirada hacía una fotografía, evidentemente tomada en secreto, en la que aparecía él mismo. Figuraban además datos sobre su nacimiento, los nombres de sus padres, las veces en que había sido arrestado y direcciones donde había vivido. Nada que el joven no sepa. Nada sorprendente excepto una planilla con extraños datos y símbolos.
– ¿Abadón sin asignar? –Preguntó Burnello, sorprendido con la expresión.
–Llamamos Abadón a un estilo de hombre. Un hombre diferente, estrictamente comprometido con su tarea. Algunos se vuelven fanáticos en su labor. Otros tienen un límite. Yo soy del segundo grupo y pronto seré asignado como su Abadón. –Respondió el hombre.
–Discúlpeme, pero no se si alegrarme o salir corriendo. No entiendo una maldita palabra de lo que dice.
–Trataré de orientarlo. –Dijo el extraño. – ¿Encuentra algo positivo en la muerte?
–Sinceramente no –Respondió el joven rápidamente, con leves sospechas de no vivir para el anochecer.
–Ahora imagínese. ¿Qué es lo que ocurriría si la muerte no existiera?
–El mundo quedaría chico para el hombre.
–Exactamente. Un verdadero caos. –Asintió el otro. –La muerte puede ser a veces lamentable, injusta, forzada, y hasta moralmente incorrecta. Pero naturalmente necesaria. Un mal que equilibra. Los Abadones somos parte de una armonía.
–Ahora se que debo salir corriendo. –Respondió Burnello, que para esta instancia ya no quería saber nada sobre aquel extraño.
–No se alarme señor León, he dicho que tengo un límite. Hoy he descubierto hasta donde puedo llegar.
–Yo sólo quiero llegar a casa para comer. –Dijo el joven e hizo reír al hombre.
–Dígame si Danette está embarazada y podrá irse a cenar.
–Parece que volvemos al principio.
–Si eso cree podemos repetir toda la charla incluyendo el golpe en su nariz.
–Es evidente que ya conoce el estado de mi esposa. Es verdad, se lo afirmó, estamos esperando un hijo. –Respondió finalmente Burnello, aún sin saber que Danette tendría gemelos.
–Entonces lo felicito señor León. Ahora puede retirarse. –El joven sonrió, caminó unos pasos hacia la puerta y volteó para preguntar.
–Señor, ¿Conoce a mi esposa tanto como me conoce a mi?
– ¿Por qué lo pregunta?
–Danette no sabe nada sobre su pasado. Si usted tiene algo, al menos un dato o un nombre, me serían de mucho valor.
–Lo lamento, pero no conozco nada sobre Danette.
–Entonces ya no tengo nada que hacer aquí. –Dijo el joven decepcionado –Adiós señor "Abadón".
–Burnello, a cambió de su cooperación le confesaré. Mi nombre es "Lázaro". Que tenga buenas noches.
– ¿Y su apellido?
–Mi apellido es irrelevante. –Dijo Lázaro, y sonrió.
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Entre el tesoro y el tiempo 2
General FictionSegunda parte de Entre el tesoro y el tiempo.
