El televisor emitía esa luz azulada que cambiaba a intervalos y las voces de la presentadora de un programa del corazón sonaba por todo el salón, por toda la casa, que a pesar de no ser muy grande era suficiente para que seis personas vivieran en ella.
Los niños estaban acostados, aunque algunos no dormían, no podían hacerlo cuando el televisor estaba tan alto, cuando de vez en cuando escuchaban su risa estridente y el ruido de las latas cayendo contra el suelo. Cerraban los ojos con fuerza como si así pudieran conciliar el sueño, pero resultaba imposible. Habían aprendido a fingir casi a la perfección que no veían ni escuchaban nada, que no ocurría nada. Era la mejor forma, pasar desapercibidos.
Todo lo demás estaba en penumbra, las habitaciones tan solo iluminadas por la luz de las farolas en el exterior que alumbraban la modesta urbanización situada a las afueras de la ciudad. Allí todos se conocían y todos los vecinos eran capaces de escuchar la tele en noches como aquella, o los gritos. Al principio llamaban a la puerta llamando la atención, pidiendo que fuesen más considerados con los vecinos, pero con el tiempo... simplemente dejaron de hacerlo.
—No puedo dormir —susurró Lea con sus dos manos pequeñas bajo la mejilla y vuelta hacia su hermana mayor, ambas tendidas en una cama estrecha.
—Lo sé, pero no podemos hacer nada. Vamos, te acariciaré el pelo como cuando eras pequeña —repuso Vay con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
Había ensayado aquella sonrisa sin querer, sin darse cuenta. Con el paso de los años, y siendo la mayor de cuatro hermanos, había aprendido a fingir mejor que nadie. Llevaba todo con aplomo y sabía cómo tranquilizar a aquellos niños a los que quería con toda su alma. Se sentía como si fuesen sus propios hijos, sentía que ejercía más de madre que la suya propia. Siempre que pensaba en aquello las lágrimas anegaban sus ojos castaños, amenazando con desbordarse, pero ella siempre tragaba saliva y cogía aire, se armaba de valor y se decía que no podía llorar, jamás podría.
Hundió los dedos en los cabellos suaves y dorados de su hermana pequeña, que solo tenía nueve años, y empezó a acariciar su cuero cabelludo, después sus mechones, que parecían seda, y se dio cuenta de cómo ella cerraba los ojos y suspiraba, a gusto. Aquello la llenó de paz, uno de esos escasos momentos en los que pensaba que todo podía ser normal por una vez, pero no era así. Nada era normal en su vida, ni para ella ni para sus hermanos.
—Joe, deja de darme patadas, eres un jodido pesado.
—Tú eres el que invade mi sitio de la cama, Nate.
Lea se removió un poco, con el sueño todavía ligero a pesar de que las caricias de su hermana mayor habían surtido efecto. Vay se giró un poco sin dejar de acariciar los cabellos de Lea y observó cómo sus dos hermanos no paraban de pegarse golpes y susurrar en voz demasiado alta.
—¡Eh, chicos, parad ya! Se enterará papá.
—¡Es Nate! Se mueve demasiado.
—Sabes que si te molesta puedes ir a tu cuarto.
Se hizo el silencio en aquella habitación y Vay casi pudo escuchar cómo su hermano Joe tragaba saliva con dificultad. En noches como aquella preferían dormir todos juntos porque todo era más fácil de sobrellevar. Estaban juntos y siempre lo estarían, unidos, sin importar lo que pasara. Así que no, no quería volver a su habitación.
—Está bien, ahora dormid. No quiero que despertéis a Lea y todos deberíamos descansar —susurró Vay con la voz firme.
Se acurrucó y abrazó a su hermana, acomodándose para poder dormir también ella un poco. Al día siguiente tendría que ir a clase y después tenía uno de sus múltiples trabajos, este en una cafetería del centro de la ciudad que la dejaba agotada, con los pies hinchados y dolor de cabeza y de espalda, pero necesitaban el dinero.
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Vay
RomancePrimera entrega de la trilogía Las chicas sin ley. Vay es una joven trabajadora y constante que tiene que hacerse cargo de su familia cuando todo se viene abajo y ella es el único pilar que puede sostenerlos a todos. Tiene sueños y ambiciones, pero...
