Capítulo 8: Sombras en el pasillo

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​—¿Por qué lo ha hecho? —pregunto en un susurro.

​—No quiere hablar... —responde él, con la voz rota.

​Por impulso, me acerco a Derek lentamente. Pongo mi mano sobre su hombro y le doy un pequeño apretón, intentando transmitirle una fuerza que ni yo misma tengo. Su rostro luce demacrado, afligido por una carga que parece superarlo.

​Han pasado dos días desde el accidente de la señorita Isabella. Nadie habla. La casa se ha hundido en un silencio sepulcral que asfixia a todos los que vivimos aquí. Como cada noche, busco refugio en la luna, pero hoy la veo opaca, como si ella también estuviera de luto por lo sucedido.

​Zara está desbordada; ahora es la encargada exclusiva de cuidar a la señorita, lo que significa que la mitad de sus deberes han recaído sobre mí. Me duelen los brazos y la espalda como si me hubiera caído una viga encima. Limpiar cada rincón de esta mansión es un trabajo agotador, pero me voy acostumbrando al cansancio físico; es preferible al agotamiento mental.

​Derek está tan sumido en su propio abismo que parece no notar que mi mano sigue en su hombro. Me siento repentinamente intrusa y retiro la mano con rapidez, volviendo la vista al cielo. El frío de la noche me hace estremecer. Me abrazo a mí misma, tiritando.

​—Es tarde —le digo antes de marcharme—. Debería descansar; estos días han sido muy agitados. Con su permiso...

​Camino directo a la casa con la mente hecha un caos. ¿Por qué me permite hacerle compañía? ¿Acaso no entiende que soy solo una empleada?




***


​Los días se convierten en semanas, y las semanas en meses.
​Han pasado cuatro meses desde que llegué a esta casa. Mi amistad con Zara se ha fortalecido tanto que ya la considero una hermana. Mi trabajo es cada vez más demandante; Zara ya no limpia, ahora es la sombra de Isabella, a quien apenas he visto de cerca... y las pocas veces que lo he hecho, ha sido un desastre.

​Especialmente hace dos meses, en nuestro primer encuentro real. Jamás olvidaré ese día; fue casi tan doloroso como cuando mi padre me vendió.


Dos meses atrás...

​La habitación está en penumbra. Solo un hilo de luz entra por la ventana, iluminando la enorme cama donde alguien descansa. Me adentro con pies de plomo, tratando de no hacer el más mínimo ruido. El cesto de la ropa sucia está junto al armario; mi objetivo es simple: entrar, recoger y salir.

«Maldita Zara. Cómo se le ocurre mandarme aquí a mí», pienso con fastidio. «Coge el cesto y lárgate, Berenice. No respires fuerte». Hablar conmigo misma se ha vuelto mi mecanismo de defensa.

​Tomo el cesto y doy la vuelta para salir, pero algo me detiene. O mejor dicho, alguien.

​—¿Qué haces aquí?

​La voz femenina me hace soltar el cesto del susto. Las prendas caen al suelo con un golpe sordo. Miro hacia la cama y la veo: está de pie, alta, delgada, envuelta en las sombras. Intento articular una disculpa, pero mi lengua se siente pesada.

​—Yo... lo siento. Vengo por la ropa. No quise despertarla...

​—No quiero tus explicaciones —me interrumpe con veneno—. Seguro vienes buscando a mi prometido. Te tengo noticias, querida: él está de viaje.

​Me quedo en blanco. ¿De qué diablos está hablando? Isabella enciende la luz y por fin puedo verla. Es una mujer hermosa, de una belleza casi irreal, con el cabello largo y fuego en la mirada.

​—No sé de qué me habla, señorita —mi voz es apenas un hilo. Empiezo a temblar—. Está malentendiendo las cosas...

​—Sí, claro. Ahora te haces la inocente —escupe ella con odio—. ¡TE QUIERO FUERA DE ESTA HABITACIÓN!

​Retrocedo hasta pegar la espalda contra la pared. Isabella tiene los puños cerrados y su respiración es errática, cargada de una furia que no comprendo. Estoy en estado de shock, incapaz de moverme.

​—¡¿QUÉ ESPERAS?! ¡FUERA!

​Cierro los ojos con fuerza cuando ella me empuja, golpeando mi pecho con la mano. El contacto físico rompe mi parálisis. Salgo corriendo de la habitación, huyendo por los pasillos mientras las lágrimas nublan mi vista. Casi ruedo por las escaleras, pero logro sujetarme de la baranda y bajar a trompicones.

​Me desplomo en el suelo de la sala, abrazando mis rodillas. Lloro por un sentimiento que no puedo nombrar: una mezcla de humillación, miedo y una injusticia que me quema por dentro.

​—¿Qué haces ahí tirada? —La voz de Paul me sobresalta.

Limpio mi rostro rápidamente con la manga del suéter, pero sé que no puedo ocultar el desastre que soy.

​—Nada... solo me mareé. Voy a terminar mis tareas —respondo sin mirarlo.

​—¿Estabas llorando? ¿Qué pasó, Berenice? —Paul me sujeta de la muñeca. Su tono es serio, preocupado.

​—No me pasó nada —me safo de su agarre y me encierro en la cocina.

Presente...

​Desde aquel día, evito cruzarme con ella a toda costa. Zara no quería creerme al principio, pero con el tiempo ha notado el cambio radical en el humor de Isabella. Es hostil, caprichosa y parece verme como una amenaza.

​Sigo sin entenderlo. ¿Para qué iría yo a buscar al señor Derek? Él es mi dueño, el hombre que me compró. Nada más

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⏰ Last updated: 5 days ago ⏰

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Dulce Perdición: VendidaWhere stories live. Discover now