One Shot 1: Sensei

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Probablemente ese día no era más que otro día para cualquier otra persona, pero para mí, ese día podría cambiar mi vida. Había estado posponiendo una y otra vez lo que sentía para no tener que enfrentarme a un inminente rechazo, pero aunque sabía que podía no obtener la respuesta que quería iba a hacerlo. Me iba a declarar a la persona que me gustaba: Uzumaki Naruto.

Asistí al instituto esa mañana con los nervios a flor de piel, sentía como el estómago me daba vueltas, por momentos pensaba que estaba a punto de vomitar.

Cuando llegué al instituto me crucé con varios de mis compañeros y con algunos profesores, entre ellos con el profesor Minato, el padre de Naruto. Él era un profesor que siempre había admirado, era muy bueno con los alumnos y aunque su materia no era de mis favoritas siempre lograba hacer que interesara por el tema. Esa mañana no llevaba su sonrisa habitual, su rostro serio, con una arruga entre sus cejas me preocupó por un momento, en ese instante miró hacia donde estaba y su arruga desapareció, me dedicó una sonrisa un poco forzada, y un gesto con la mano, sonreí hacia él como hacía cada vez que lo veía pero no pude detenerme a preguntarle si le pasaba algo ya que había sonado la campana.

La primera clase con el profesor Kakashi se presentó, y cuando estaba sentada en mi lugar me dispuse a mirar al asiento de Naruto como solía hacer, pero fue extraño no verlo allí. El profesor entró y todos se terminaron de acomodar.

—Bueno...—la voz lánguida y con un tono dudoso del profesor hizo que lo mirara con atención—Como pueden darse cuenta su compañero Uzumaki Naruto no está hoy en clase, y se debe a que le ofrecieron una beca deportiva para el equipo de basket de una importante academia. Desde hoy Naruto ya no estará asistiendo aquí así que...—aquel hombre que acababa de dar la peor noticia que podía haber escuchado, hablaba con un aburrimiento y desinterés tan grande que me partía el pecho en dos. Cuando anunció el nombre de la academia me di cuenta que mi amor por Naruto acababa de ser destrozado y que ya no tendría oportunidad de verlo de nuevo. Una academia con internado en otra ciudad, no había nada que pudiera hacer. Entonces recordé el rostro del profesor Minato que había visto en la mañana, la tristeza que había visto en sus ojos comenzaba a invadirme, desde un dolor punzando en mi pecho hasta el entumecimiento de mis extremidades.

Las clases siguieron pasando una a una, pero yo no tenía puesta mi atención en ello, sólo quería que el día terminara para poder irme a casa. Cuando llegó la hora del almuerzo, rápidamente comencé a oír a mis compañeros hablando del repentino traslado de Naruto, y me sentí aún más triste, así que salí del salón sin siquiera agarrar mi lonchera.

Arrastré mis pies por los largos pasillos con una pesadez que me impedía caminar normalmente; la cabeza me daba vueltas, sentí entonces que estaba por empezar, el picor en mis ojos se intensificó en cuanto oí algunas voces a mis espaldas hablando del chico al que pensaba confesarme ese día, sin darme cuenta me encontraba corriendo hacia ningún lado, sólo quería escapar, ya nada en ese lugar tenía interés para mí.

Me encerré en uno de los baños, sentada sobre la tapa del inodoro, con las rodillas junto a mi rostro, sentía las lágrimas quemarme las mejillas una y otra vez, sin detenerse. Escuché la campana que anunciaba el inicio de las siguientes clases pero no tuve fuerzas para salir de allí. Sentí adormecerse mi cuerpo y luego mis párpados se pusieron más pesados, el dolor de mi cabeza se apaciguó y el peso de mi cuerpo dejó de existir; soñé con la sonrisa de Naruto y con la triste mirada del profesor Minato. Cuando desperté me dirigí al único lugar en el que sentía que podría respirar, la azotea. Casi nadie iba allí, más que nada porque estaba prohibido pero aún así la puerta estaba abierta. El viento fresco me acarició el rostro con una suavidad dolorosa, pero a la vez parecía llevarse mi pesar, a la vez que revolvía mi pelo y arrasaba con mis lágrimas. Llevé mi mano a mi pecho y la apreté, mi corazón latía tranquilamente, pero a pesar de eso me dolía. Levanté la vista al cielo, que despejado me recordaba a unos ojos azules que tanto había admirado. El sonido de un suspiro pesado llamó mi atención y allí frente a mí vi una cabellera rubia, entonces mi corazón dio un vuelco, cuando estaba por pronunciar un nombre vi a esa persona darse la vuelta y esos ojos azules como el cielo que acababa de ver me observaron.

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