Todo es cuestión de redes

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Cristian Montes Capó

Nicolás se despidió de su padre con un beso. El desayuno había sido abundante como siempre: leche, queso y pan hecho en casa. Don Pedro decía que cualquier cosa podía faltar, menos la comida. Un hijo debía crecer fuerte para soportar las durezas de la vida. En eso iba pensando Nicolás mientras caminaba al colegio. Los últimos días había conversado largamente con su padre acerca de sus planes futuros. Un amigo de su profesor le había ofrecido un trabajo en la capital. Era su ultimo año de colegio y le quedaba sólo una semana para terminar con todo.

―Tienes todo un futuro por delante ―había dicho el hombre del terno verde.

Se trataba de una fábrica de conservas que requería de un chofer para el camión. En menos de un mes aprendería a manejarlo y podría comenzar a ganar sus pesos. Don Pedro había mostrado una buena disposición al escuchar sus proyectos. Entendía que en el pueblo el destino de su hijo no sería igualmente ventajoso. Aparte de la pesca y la agricultura, sólo existía el trabajo del mimbre y la totora. Él y su difunta mujer representaban una de las dos tradiciones en el arte de tejer esos materiales nobles. Ya que su mujer había muerto, a él le correspondía mantener viva esa tradición heredada de sus abuelos. Nicolás no se había interesado mayormente en aprender. Don Pedro no había querido obligarlo, porque pensaba que un trabajo así requería de vocación. Su hijo debía encontrar la suya libremente y él lo apoyaría en todo.

Nicolás no podía concentrarse esa mañana en sus clases.  Se imaginaba en el camión descubriendo todos los secretos de la capital. Siempre había sido responsable. Por eso el señor del terno verde se había fijado en él. Debían contestarle en tres días más. Sólo debía tomar la decisión y hacerlo.

Antes de volver a casa decidió ir a pasear un rato por la plaza del pueblo. Se encontró con un gran movimiento de personas. Todos hablaban a un mismo tiempo acerca de las ballenas. Decían que en el puerto se preparaban los pescadores para ir a la caza de ellas. Era todo un acontecimiento. Nadie recordaba que algo así hubiese ocurrido antes. Al parecer esas aguas no eran las preferidas por las ballenas. Los hombres decían que eran dos. A lo mejor andaban en búsqueda de un lugar para su apareamiento. Si así fuera, la caza sería más fácil aún. Una empresa de la capital había arrendado para ello más de cinco lanchas pesqueras.

Nicolás se retiró del grupo como si algo lo hubiese espantado. Siempre había escuchado a su padre hablar de la crueldad del hombre con los animales. Le angustiaba el dolor silencioso de esos seres vivos sacrificados por la pura ambición. Una vez en casa, don Pedro escuchó con tristeza las noticias de la mañana. Como si quisiera olvidar esa realidad, comenzó a contarle a Nicolás una leyenda acerca de unas ballenas. Mientras lo hacía, sus dedos trenzaban los pliegues de mimbre con la habilidad de toda una vida. Nicolás escuchaba a su padre, que se confundía entre tantos objetos colgados de los muros. Le costaba imaginarlo fuera de ese lugar con olor a totora y mate. Junto con terminar la leyenda con ballenas mágicas que salvaban a los hombres, don Pedro había concluido el pequeño objeto. Lo puso en manos de Nicolás, quien exclamó asombrado:

―¡Es una ballena enana!

―Es un regalo para ti, guárdalo en tu cuarto.

―Gracias, papá ―dijo Nicolás, apreciando la perfección de la miniatura.

Acarició sus contornos varias veces antes de levantarse para ir a almorzar.

Después de descansar un rato, salió a caminar para lograr encontrarse. Se imaginó nuevamente en la capital manejando el camión. El sol de la tarde se esparcía por los rincones de la plaza estimulando su imaginación. Se vio comiendo en el mejor restaurante de la ciudad. Con su sueldo podría invitar al cine a alguna niña. Tal vez era mejor dar unas vueltas con ella en el camión y ya estaría medio enamorada.

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