Una Miradita Al Cielo

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A veces olvidamos lo rápido que pasa el tiempo y lo desperdiciamos viviendo momentos que no tienen sentido. Solo pongámonos a pensar en algún momento en que olvidamos todo y solo miramos al cielo. Solo mirar al cielo, recordando a aquellos que ya se fueron...

¿Cuándo fue la última vez que vi esas luces resplandecientes que iluminan el firmamento?

Unas más que otras...

Recuerdo que la miraba a los ojos y le decía lo hermosa que era. Brillaban igual de lindos que aquella estrella. Mostraban la vida pura, los dolores de su pasado, sus recuerdos a flor de loto y aquellos sabios momentos de los errores enmendados. Pero no importaba el dolor que me mostrara a través de su hermosa mirada, el amor que transmitía era inigualable.

—"Mamá, brillas igual que un diamante"—. Quizás ella no entendía de dónde sacaba este verso, pero decírselo de una manera que lo hiciera y ver cómo lo repetía para nosotras era maravilloso. Si tomo una mirada al pasado, era ella quien me sonreía, aunque sabía que la vida no era sencilla. La miro en mis recuerdos y sus dientes bien alineados, junto al rojo vibrante de sus labios, era lo único que me llenaba de la alegría que me transmitía.

No lo hacía sola, sino acompañada de esa especial compañía. Eran inseparables, aunque a veces discutían; no la juzgo. Todos somos diferentes, pero hacían la mejor armonía. Solo escuchaba su auto frente a mi casa y, sin pensarlo dos veces, corría a mi habitación por algo que ponerme y llevarme conmigo, solo porque quería pasar mis noches con ambos.

—"Llegó mamá y papá. Adiós, nos vemos. Me voy"—. Siempre fue mi ritual. No aguantaba un segundo para ir con ellos, aunque solo pasaran a visitar. ¿En qué momento dejé de alistar mis cosas para irme a su hogar?

En las noches no importaba lo que pusieran en la televisión, no importaba si estaban cansados, mientras hubiera chistes y cuentos sabios que contar. Sin olvidar la comida que sus manos preparaban y nos deleitaban con esa exquisitez que solo ella podía crear. No había una sola cosa que no me gustara. Hasta la tacita de café era especial. Si no teníamos nuestras propias tazas, teníamos nuestros propios platos personalizados; y ni le acuerdes que íbamos a crecer algún día. No me importaba, me podían seguir consintiendo todo lo que quisieran, eran todo para mí.

En los días de escuela, aunque llegara llorando y mi día no fuera el mejor, un buen baño, un plato de comida y su cariño hacían de mi jornada una mejor. Sí que me consentía. Aunque no puedo negar que, molesta, daba tanto miedo que solo permanecía en silencio. ¿Quién podía contradecirla? Sin duda, ahora lo veo y evoco una sonrisa.

Si en la escuela había alguna actividad en la que mis padres no podrían participar... ahí estaba mamá. Me peinaba de las mismas dos maneras, me colocaba mis medias aguantando mis deditos con una leve mordida. Hacía el desayuno y lo dejaba en la mesa, calientito, para que mi día comenzara de la mejor manera. Yo nunca estaba enferma; nada que una pastillita no pudiera arreglar. Porque si no había una buena excusa, ningún día se podía desaprovechar.

Se hizo cargo de mí y de mi hermana mientras nuestros padres trabajaban. Nos enseñaron cosas que jamás pude haber aprendido en otro lugar: desde la calidad en la cocina, con sus dulces y deliciosos postres, hasta el sazón en su comida. Las mejores fiestas, las mejores navidades... Oh, las navidades. Se me escapan una que otra lágrima recordando lo hermosas que eran estas fiestas. Eran sus fechas favoritas; hasta llegué a sentir que me elogiaba porque mi vida comenzó al principio de ellas. Como si yo fuera parte de las cosas que la hacían más feliz que nunca. Y no por decirlo, pero ella realmente me quería. El árbol de Navidad no tenía siquiera un espacio más para sus pequeños y grandes adornos. No olvidemos el exterior, que sin duda se hacía notar entre las demás casas. Cuando el día más esperado llegaba, no había un cupo más bajo sus luces. Era la mejor época del año, sin duda. Siempre nos reuníamos en su casa, pues ¿qué otro lugar sería más acogedor que ese?

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