Entonces abrí los brazos. En ese momento pensé: "Quizá esto es un sueño y me encuentre volando por el inconsciente subdesarrollado de algún aficionado a las alturas". Aceptémoslo, parecía un simple sueño. Pero no lo era. Caía sin parar, como si el universo conspirara en mi contra provocando que la gravedad terrestre sólo me atraiga a mi. Giré mi cabeza repetidas veces buscando algo de qué aferrarme. Nada. La nada misma estaba junto a mi, acompañándome en mis últimos momentos en este plano astral. Sentí un estruendo por todo el cuerpo. "¿Morí?", pensé. Mi corazón latía más rápido de lo normal. Mis pupilas, dilatadas como si recientemente hubiera ingerido algún tipo de droga sintética. Mis músculos, contraídos a más no poder. Me levanté. Corrí, corrí y corrí. No quería mirar atrás, iba hacia el futuro. Tropecé. Rodé por todo el suelo. Desperté. La silla de ruedas seguía en su lugar. Yo, postrado en la cama. Las heridas del accidente seguían presentes, pero mi cuerpo no era el mismo de siempre. Al fin y al cabo, no me sentía yo mismo. Levanté la vista. Nada. Grité hasta sentir el ardor en mi laringe. Nadie respondía. Miré a mis alrededores. Seguía cayendo.
