OJALÁ...

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Ojalá lo peor de aquellos días fuesen las enormes goteras que crecían cual enredadera expandiéndose por el sucio y oscuro techo de aquella estancia. Ojalá el aroma a humedad hubiese sido el único olor que mis fosas nasales recibieron durante todo mi cautiverio y que el olor a muerte, el humo... fuesen tan solo una macabra ilusión que mi joven mente creó como respuesta a esa desesperación interior que mi corazón bombardeaba día a día en lugar de la sangre que parecía haber abandonado mi cuerpo.

Pero había algo más, un olor peor que el humo, que la humedad o que la muerte. Un olor que me acompañó a lo largo de esos 6 meses... El olor del miedo. Mirase donde mirase, lo veía en la ropa, en el pelo, en la delgadez de mis compañeros, en marcas bajo las ropas sucias y malolientes que dejaban entrever a la perfección la silueta de las costillas que parecían capaces de romper esa carne amarillenta y débil, quebrando la vida del individuo como si de una hoja crujiente del otoño se tratase.

Lo peor eran los ojos. Todos miraban sin ver, con ese miedo que se podía palpar, oler y respirar reflejado en ellos. Eran ya pocas las personas que abrían la boca para hablar. Unos puede que por temor a haber olvidado emitir palabras, puede que otros por temor a que si lo intentaban, sólo saliese de ella un sollozo o un lamento, otros porque temían escuchar una voz que nada tenía que ver con la que fue de su propiedad antaño.

Esos ojos hablaban por si solos, y aunque las bocas permanecían selladas bajo ese luto invisible, las voces del silencio, impregnaban la estancia llenándola de conversaciones fantasmas, de lamentos y de esa angustia callada. Mis ojos miraban desde un rincón, analizando cada rostro, cada gesto... Y cada día, una lúgubre luz nos recibía cuando despertábamos, y se convertía en lo último que veíamos cuando nuestro cuerpo se rendía al tétrico abrigo de la soledad, de esa irrealidad que nos transportaba a nuestra casa, con nuestra familia, con una escuela, con libros y bicicletas, con el calor del hogar... Nos recordaba el significado de felicidad. No recuerdo que hubiese dormido de seguido desde que llegué a ese terrible lugar. A veces, en mitad de la noche, los tiros, los gritos desgarrados o el golpe sordo de un cuerpo al desplomarse, hacían que temblase de terror, despertándome de mis sueños con espasmos incontrolables. Entonces, contaba cuántos éramos en aquella estancia: uno, dos, tres... Pero siempre me perdía cuando distinguía en la penumbra a aquella mujer llorosa, con el pelo cortado a trasquilones, como todas las que allí se encontraban, que, con manos temblorosas, pero llenas de amor y cariño, acariciaban la sucia cabeza de un niño de unos diez años. Algunos días, reparaba en mí. Y con un gesto, me incitaba a acercarme a ella. Entonces, me abrazaba y arropaba, como hacía mi madre mucho tiempo atrás.

Cada día, nos ocupaban con trabajos duros y horribles. Cada día asesinaban al aire libre a mucha gente. Cada día, mi miedo interior crecía haciendo que olvidase quién era.
Un día, no vi a la mujer acariciando la cabeza del niño, lo busqué con la mirada y advertí que muchos otros habían desaparecido. Ella, delgada y sucia de sangre seca, lloraba en silencio. Esa noche, fui yo quien acudió a su encuentro a abrazarla y arroparla.

Mi nombre es Kathy von Kräufel. Tenía seis años cuando entré en Auschwitz, separada de mi familia y casi siete cuando me asesinaron. Mi alma, rota de dolor, desesperación, miedo y angustia, permanece en ese rincón en el que me sentaba callada a observar a los demás judíos, gitanos, ancianos, enfermos, niños y mujeres. Mi alma grita a los cuatro vientos que no existen en el mundo suficientes hornos crematorios o cámaras de gas para callar las voces del silencio que como la mía, no desean otra cosa que contar su historia, contar que una vez fueron libres. Que no existe dolor suficientemente fuerte como para evitar que pidiésemos auxilio, porque esas voces, mi voz, no serán acalladas nunca, no morirán como nuestra carne, sino que quedarán ahí, sentadas en un rincón, disfrutando de esa vida que en su día nos fue arrebatada para así, crecer con el mundo. Y estar seguras así de que, aunque nadie en él sepa nuestras identidades, nadie nos llore, todos conocerán nuestra historia.

Seremos héroes o bandidos, pero siempre el mundo guardará su pequeño recuerdo, su pequeño lamento, su pequeño dolor en sus tierras, a todos aquellos que perecieron en 1944.

LAS VOCES DEL SILENCIO ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora