En ese bosque había un tocón

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En ese bosque había un tocón.

Entre la maleza se podía vislumbrar una luz tenue proviniente de una choza de madera ajada, medio derruida. A través de la valla de madera, falta de los dientes de la parte de arriba, se podía apreciar el previamente limpio huerto que precedía a la entrada de la casa, ahora lleno de hendiduras en el barro.

Pero en ese bosque había un tocón.

Demos un par más de pasos hacia delante: la choza, antaño limpia y barnizada, colgaba trozos de madera y vides descontroladas, la luz brillaba más allá de ellas, entre las rendijas de la puerta de cedro, marrón y negra, marcada con líneas que atravesaban la pared entera, hendidas en la madera hasta casi atravesarla.

Rodeando la casa encontramos un columpio, una simple tabla de madera colgada de dos cuerdas de la rama alta del árbol mas próximo, los recuerdos del lugar emanan del ambiente, aquí hubo risas y alegría, donde ahora solo quedan manchas pegajosas y de olor putrefacto.

Pero en ese bosque tenía que haber un tocón.

Mas allá del columpio estaba una simple mesa de madera, con un banco, o lo que quedaba de él, pues el único remanente del mismo era una pata y medio tablón roto; junto a estos, el pozo, a dos metros de distancia, silbaba el aire entre las rocas que lo conformaban, el cubo pendiendo inmóvil en el aire, esperando un trago que nunca volvería.

Pero en ese bosque hay un tocón.

Y ahí estaba, el tocón, enorme, inmóvil, marcado, negro.

Y ahí estaba, el hacha, imponente, metálica, marrón, pegajosa, clavada firmemente en la madera. Colgada del mango del hacha, una simple llave de hierro, se mecía levemente por el viento.

Un ligero rumor se escucha en el aire ahora, un sollozo, y al borde del tocón se aprecia una forma desfallecida.

Nuestros pasos se escuchan, las hojas aplastadas, mientras observamos cómo el ángulo evoluciona y revela la forma, un zapato falto, las piernas ensangrentadas, el vestido roto y desgarrado, la niña nos mira a los ojos fijamente, colgando de su cuello una garra de plata con tres dedos, los ojos sin vida, vacíos, las pupilas totalmente abiertas y negras.

Y dos cabezas arrancadas de cuajo, con la carne enredada, entre sus brazos, goteando sangre y con sus miradas al vacío, con el grito de auxilio en la lengua.

En ese bosque había un tocón.

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