He cogido una cuchilla. Y he visto cómo mi vena caliente se abría y me dejaba ver su contenido. Se vacía. Se condensa un goterón gordo y apetitoso. Me sigo rajando. Meto más la cuchilla. Más, más. Me desangro. Como firma de mi nota de suicidio, planto mi huella dactilar, empapada en mi encarnado fluido, y la fundo con el papel. La histeria se apodera de mí. Un último estertor que se confunde con mi gutural carcajada final, y me corto las cuerdas vocales. Acabo de presenciar mi muerte en vida.
