Londres, enero de 1887.

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Jonathan había estado toda la noche observando al señor Windsor, anticipándose a sus movimientos como si le conociese mejor que a nadie, pero él había conseguido huir en contadas ocasiones. Sabía que tenía familia, dos hijos a los cuales destrozaría la vida después de hacerlo, pero le daba igual.
    Jonathan llevaba mucho tiempo sin preocuparse por las consecuencias, sin importarle el sufrimiento que sus actos pudiesen causar en otros.
    Con un movimiento ágil, encendió su cigarrillo y lo consumió poco a poco mientras veía a aquel hombre despedirse de uno de sus socios, con los ojos enrojecidos por el opio y una gran sonrisa después de haber hecho quién sabe qué a esa niña de tan solo quince años.
    Era un enfermo, un tipo repugnante, o eso era lo que Jonathan se decía a sí mismo para tener una excusa después de asesinarle.
    La noche había caído hacía horas y la luna parecía estar demasiado ocupada escondiéndose, así que las calles de Southampton estaban totalmente vacías y oscuras, tan solo se podían ver algunas personas ebrias deambulando de un lado para otro sin hogar.
    Jonathan comenzó adentrándose en su cabeza como un titiritero y jugando con él, haciéndole creer que el suelo se derrumbaba bajo sus pies o que sus ropajes comenzaban a arder en potentes llamas. Mientras tanto, él se reía unos metros atrás, invisible para el resto de los humanos.
    La gente observaba al hombre, que parecía agarrarse a las farolas para no derrumbarse con el suelo, parecía un maníaco.
    — No hace falta que los tortures, Jonathan —había dicho su hermano unas horas antes, al conocer su plan —. Si se enteran, acabarán castigándote.
    Pero a Jonathan eso le importaba bien poco, llevaba haciendo toda su vida lo que quería, y aquella vez no iba a ser diferente.
     Unos sofocadores minutos más tarde, Jonathan, aburrido de juegos, acabó acercándose al hombre con diplomacia y le dedicó una mirada aterradora.
    — ¿Qué... quién eres? —tartamudeó el hombre, todavía recordando lo que segundos atrás creía haber visto, probablemente pensando que alucinaba.
    Jonathan no respondió, y segundos después sus ojos se volvieron totalmente negros, su alma pareció abandonar su cuerpo por un instante.
    — No... no me hagas daño —gimió él, casi corriendo con Jonathan pisándole los talones —. Puedo darte dinero, todo el que quieras.
    Jonathan negó.
    — No vengo a por tu dinero —dijo, y moviendo la muñeca con delicadeza el hombre se quedó completamente quieto, como si hubiese chocado con un enorme muro —. Vengo a por tu vida.
  

    Horas más tarde, Jonathan caminaba por el gran pasillo de la mansión, arrastrando el cuerpo de aquel hombre vilmente asesinado, dejando un enorme charco de sangre que sería extremadamente difícil de eliminar.
    — ¿Y ahora qué? —bramó Nathaniel cuando vio aquel cadáver en su casa, un cuerpo mutilado que le había dejado pálido nada más verlo.
    Jonathan se encogió de hombros, y con una sonrisa de medio lado se quitó la camisa manchada de sangre y la lanzó encima del cuerpo, empapándola todavía más.
    — Estás yendo demasiado lejos, Jonathan —repitió él —. Cuando Helena lo vea...
   Jonathan volvió a encogerse de hombros una vez más, ahora caminando a través del pasillo dejando el cuerpo del señor Windsor atrás. Nathaniel le siguió, casi corriendo.
    — ¿Y qué harás con el cuerpo? ¿Y su familia? —insistió —. ¿Tenía hijos?
    Jonathan puso los ojos en blanco, Nathaniel podía ser muy pesado y él sabía que no se rendiría hasta conocer todas las respuestas.
    — Lo quemaré. Su familia me da igual, y sí, tiene dos hijos —respondió al fin.
    — Tenemos que ayudarles.
    Jonathan se lavó las manos, eliminando tanto como podía la escurridiza sangre.
    — Ayúdales si quieres, yo tengo cosas mejores que hacer —dijo.
    Nathaniel, recordando de nuevo el cadáver del señor Windsor se dio cuenta de la masacre que Jonathan había creado en menos de una hora, su cuerpo estaba tan terriblemente mutilado que casi no podía ni reconocerse. Su corazón había sido arrancado de su pecho, probablemente sin mucha dificultad, para más tarde haber sido reemplazado por una bola del mundo.
    A Jonathan le gustaban mucho las metáforas, y siempre intentaba hacer algo original en cada uno de sus asesinatos.
    — ¿Qué significa eso? —preguntó Nathaniel cuando ambos cruzaron de nuevo el salón, observando el cuerpo una vez más —. ¿Por qué una bola del mundo?
    — Es una metáfora  —dijo Jonathan, cómo era previsible —. A él le encantaba viajar, iba a todas partes y soñaba con dar la vuelta al mundo. Ahora, el único viaje que hará, es al infierno.

Después de la muerte I: La elegida.La tua prossima ossessione. Scoprilo ora