Tu, maldita, desgraciada, retorcida es la conmoción que abordan mis entrañas y convergen estrechamente con la limitación de mis palabras descarriadas, que hice para merecer tu confianza errante, delirante y fantasmal, que sin embargo yo anhelaba desde hace mucho por el único hecho de complacer mis deseos carentes de provecho, cuanto hace que te conozco y realmente no tenia idea de tus verdaderos y macabros pensamientos, ahora que los conozco y cediéndote la razón de aquellas infernales creencias me limito a compartir tus desvaríos mentales no solo por el afecto que te asigné, sino por la belleza de tales críticas, capaces de repugnar al más sadico de los políticos, capaces de interactuar con el más beduino de los esquizofrénicos, capaces de corromper la más noble de las cavilaciones, sea pues así, el horror enfrascado en las cavidades de tu alma que provocan en mí un efecto psicodélico que nunca sale a la superficie. Somos como dos libros que narran una retahíla de crisis y tristezas, destinados a estar en la misma sección lúgubre de una biblioteca poco frecuentada, pero nunca juntos, y sin títulos.
