Sobre las tablas

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Lo había visto tantas veces actuar, eran tantas sus máscaras que llegué a pensar que no lo conocía. 

En el día a día, durante las noches, era un hombre simple. Demasiado. Se sometía a lo natural, a lo imprescindible: comer, dormir, coger, cagar. 

Allá arriba, sobre el escenario podía ser todo, se llenaba. Pero jamás quiso ser para mí el amante apasionado, el sentimental, el fracasado, el violento, la puta.

          —Sólo eres mierda, ¡estás vacío! —le grité alguna vez en mi enojo.

Sonrió. Lo sabía, sabía que era verdad.

Era mi culpa, me había enamorado de sus muchos Yo y no de él. 

La última vez que pagué por su compañía —la del hombre seductor—, la última vez que compartí su cortejo con los demás espectadores, la vi en su mirada, la respuesta. Traslució durante un instante: anhelo. Era abrumador y doloroso, tanto o más que el mío. 

Él atestaba su necesidad de ser algo más que un hombre siendo muchos otros a la vez; yo deseaba cubrir mis carencias amándolos a todos ellos, pero no a él. 

2016

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