Allí no había mar

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El índice se colmó de señalamientos, rígido desde el brazo hasta la muñeca, tembloroso desde los labios hasta la yema. Los ojos acuosos se aferraban a los rayos solares de un atardecer cansino.

No había nada si dejaba caer la mirada al pavimento. Pero ahí, compitiendo con un amarillo difuso, meciéndose tanto como el oleaje violento de un mar picado, ahí, ahí había tanto.


La camiseta floja bailó y la piel se erizó hasta contraerse.


La quijada volvió a caer.

—Allí no hay nada.


—Yo vi una concha de mar.


—Como ellas hay muchas sobre la arena, atoradas en las rocas, olvidadas dentro de las mochilas de los infantes —. Negó con la cabeza, el dedo índice se crispó más, pero no cedió.


—Pero aquella concha la sostenías tú —. Y una carcajada lacónica, engravecida por la edad, nació y murió en un sólo suspiro. 


Negros como el carbón de la carreta, encandecidos como las manos callosas que sostenían la madera para que las grietas de la carretera no descarriaran las llantas, agobiados por el hambre que no cedía, agrietados del nerviosismo al mirarle.

Y KyuHyun cada vez más enflaquecido.


Pero así eran los ojos de JongWoon, y habría querido que en aquel atardecer frente al peñasco que moría hacia el mar, lograra contemplar una concha sostenida por sus manos, un correteo de pies descalzos sobre la arena, y una risa que no recordaba más.


JongWoon creía y le decía que en aquel lugar poco quedaba para comer. KyuHyun seguía siendo un niño y sólo pensaba en dejarse mecer sobre las olas, sólo pensaba en JongWoon y él.


—Eso fue hace tiempo. 


Y no dijo más.


La carreta siguió en marcha, KyuHyun continuó contemplando el mar.


La concha era sostenida a la lejanía, casi en el cielo, desde ahí el JongWoon de sus memorias, más bajo e infantil, se mofaba de los días, se agazapaba a él, sonreía.


Antes no solía importar tanto si podría o no haber de comer al día siguiente. Ahora en ello sólo pensaba.


—No tengo hambre.


Agachó la mirada, la carreta andaba, le escuchó contraer la quijada, aquella espalda de joven, desnuda y bronceada, de pronto le lastimaba.


—Mientes.


—No me importa.


—Tal vez no hoy, pero sí mañana...


—Yo quiero jugar en el mar.


Y después nada.


El carbón escanciaba, no había electricidad pública y anochecía, la carretera pronto sería un espasmo de sombras bestiales a su mirar, y sin dudar se aferraría al pantalón de JongWoon, porque él ya no era un niño y entonces su mano ya no podía tomar.


JongWoon cada día se veía más cansado. Pensó, que si se esforzaba en hacer que sus manos lograran tomar más carbón, entonces él no tendría que sobrevivir por los dos. 

—Ya no hay mar, no para nosotros —, KyuHyun agolpó el rostro a aquella espalda recta, dejando caer la frente en la curtida piel, y se quedó mudo, flotando, escuchando la respiración queda, la vida ajena. Permaneció así y comprimió los párpados. JongWoon no se movió. KyuHyun miró por sobre los dedos prietos de suciedad, destrozados del trabajo que su niñez no podía sostener y ahora en lamentos perdía—. No llores, perdón. Cuando podamos pasar un día sin necesidad de recoger carbón, entonces vendremos al mar.


Pero eran dos, y siempre faltaría comida, nunca habría un lugar al cual regresar. Por ello se preguntó embebido de la poca infancia que le quedaba, de la poca ilusión que aún receloso escanciaba, dónde dormirían esta vez.


JongWoon era un adulto ahora, y por ende podía prometer con mentiras. Porque para un adulto la verdad poco importaba.


Aun así sonrió.


—Sostendrás una concha de mar.


—Y te perseguiré por la costa, y cuando te atrape, cuando te sostenga, cuando pueda sostenerte de verdad, entonces...


—Me querrás.


Oscurecía y el carbón se volvía un recuerdo del día, tanto como las palabras y el hambre, tanto como los ojos rígidos mirando su torso entre penurias, buscando con esperanza entre los pantalones vacíos un trozo de pan.


La carretera era tan larga, no importaba si ambos la podían caminar.


JongWoon se animó a tomar su muñeca y a aferrarla junto con la madera del soporte del carrito.


Y entonces, el mar murió tras ellos.


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KyuHyun a veces piensa, que debió haberse aferrado a la concha de mar, a la carrera por la costa y a las risas salpicadas de sal. 

Piensa que tal vez debió haberse encaprichado a su niñez fantasmal y que debió haber instado a JongWoon a quererle a pesar de que no tuviera nada que pudiera ofrecerle porque, después de todo, para amar sólo se requería de voluntad.


Mirando la concha secarse en la palma, sosteniéndola tembloroso por los oleajes de un agua que ya no sabía reconocer, pensó en JongWoon, y en lo tanto que éste había hecho para que sobreviviera, en los ojos congelados por la vida repleta de cansancio de un ajeno encontrado al cual proteger.

La vida se le había escapado del mirar, la preocupación le había traspasado la piel, la promesa se había olvidado, tan furtiva. Ahora sólo quedaba él.


—No tengo hambre... —, replicó, la playera rota se le adhería a la piel. Miró sus manos, ahora de hombre, y los brazos lánguidos. Después miró también sus lágrimas escocer—. Yo sólo quería estar contigo, contigo en el mar.


Ya no había más carbón por encontrar, ni comida para conseguir, ni techos de estrellas donde dormir. Se preguntó, sin más, qué le hubiera dicho JongWoon, qué clase de ojos le habría regalado, adónde habrían andado para buscar un lugar mejor, los dos. Pero él no se encontraba más y creyó que aunque para él ya no existiera un mar, al menos, mientras tanto, mientras cerraba los ojos decidiendo abrirlos o sellarlos con fuerza, vería a JongWoon, a sus brazos, las olas y la promesa de poder querer si ambos podían vivir sólo de viento, de ilusiones y paz. 


Por dentro, JongWoon abrió los ojos y le sonrió al corazón, por fuera, KyuHyun los comprimió con gusto. Y después la oscuridad permanente le allanó.  

{YeHyun} Allí no había marHistórias para pegar e não largar. Descubra agora