Spênk: Parte I

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No se distinguía el horizonte en la neblina espesa que había invadido el pueblo desde primera hora de madrugada. 

Los geranios rojos de Spênk decoraban los balcones de las familias con más raíces en el pueblo, atentas todavía a la antigua leyenda que se murmuraba cada vez con más debilidad por sus estrechas calles pavimentadas de piedras desiguales, torpes para el extranjero, únicas para sus habitantes. Un ancestral dios del invierno, que seguramente provenía de alguno de los miles de mitos nórdicos perdidos, visitaba una vez al año el pequeño pueblo norteño del país de Ädanahk, con la intención de marcar su territorio dejando a su paso un grueso manto de nieve y un temporal que permanecería constante los siguientes dos meses. Las coloridas flores, que ya eran un símbolo irrevocable del pueblo, protegerían a las familias del frío y las obstrucciones de sus casas dado que el dios teme cualquier cosa que se asemejara al fuego.

Por desgracia, muchos de los turistas venían con intenciones muy distintas a las de valorar el paisaje rural de Spênk: solo cruzaban el pueblo de vez en cuando en verano, cuando la temperatura era soportable en el exterior. Normalmente acababan pululando a medianoche por las calles, con jarras de cerveza rotas o a punto de quebrar, tarareando alguna de las canciones folk que habían aprendido en las tabernas. Además, era un lugar prácticamente inaccesible por transporte público, apenas llegaban las furgonetas de humildes comerciantes y algunos tractores de la única familia adinerada que poseía tierras a los alrededores.

Dansty Squitt no creía en la leyenda de los geranios, ni en ningún tipo de historia parecida. 

Apartaba la nieve con una pala oxidada que probablemente habría sido forjada allá en 1750, y maldiciendo la absurda superstición, puesto que debía despejar el portal de la abuela Trygah por muchos geranios rojos que la persona más longeva del pueblo hubiese plantado en su balcón.

- Chiquillo, ¿vas a tardar mucho más? ¡Mi marido era más rápido desmembrando gorrinos! - gritaba la señora envuelta en batines, asomándose desde la puerta de su casa.

- Su marido está muerto -refunfuñaba el chico-. Una suerte para él.

- ¿Qué dices tú ahora? -Trygah, por suerte en esa ocasión, estaba sorda como una tapia a sus noventa y cinco años.

- Que se calme, que ya queda poco.

- Anda... el chiquillo impertinente este... -acertadamente, Trygah siempre asumía que la criticaban a sus espaldas, así que se había ganado la soledad más absoluta en el pueblo más aislado del estado. Se decía que había matado a su marido de amargura.

De crío Dansty tenía más bien poco, pues estaba a punto de cumplir los veinticinco, a pesar de que su patrón corporal mantuviera un aspecto adolescente. El trabajo físico que requería su trabajo en la fábrica y los campos de Spênk le habían permitido al menos desarrollar cierta musculatura con la que defenderse, pero había sido víctima toda su vida de pellizcos en las mejillas hasta la fecha, porque su estatura no imponía lo más mínimo.  Todo el pueblo lo nombraba del mismo modo como si se hubiese convertido en un mote oficial, el Chiquillo

Aunque para la que siempre sería un crío, era su madre.

 Yärja Squitt miraba a través de las cortinas traslúcidas de su despacho, como si pudiera ver a los Dôrn perfectamente en aquella posición, a pesar de que solo distinguía sombras cruzando la nieve. Su vecino Myko Dôrn, padre ya de cuatro niños, se disponía a subirlos al coche para llevarlos a casa de su madre, de la que se había divorciado hacía un par de meses, a pesar de qué él no fuera capaz de recordar un solo instante de amor verdadero junto a ello. Myko se quedó pensativo frente al volante mientras la jauría de niños se revolucionaba en los asientos traseros. Podría pasarme a saludar hoy, pensó mirando la ventana del despacho de Yärja, con las cortinas corridas, como siempre.

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