Neoandro

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Mi nombre resuena en la sala de espera.

La señorita ya no me ha vuelto a decir "Alejandro" después de que mi hijo se lo aclarara. Nunca pregunté a mis padres por qué me pusieron ese nombre pues nunca en verdad me fastidió.

Solo cuando me presentaba a alguien y esta persona lo decía mal, pero supongo que es el costo por tener un nombre bastante original y dulcísono.

Rememorar esos momentos me había traído una ligera alegría, mas mi sonrisa fue borrada por las lágrimas de mi hija al escuchar a mi cardiólogo. Ella rompe en llanto y abraza a mi hijo, él también derrama lágrimas.

No entiendo por qué están llorando. ¿Acaso no es el destino de todos morir? ¿Acaso no era obvia mi próxima muerte? ¿Qué es lo que les sorprende, hijos?

Durante el regreso a casa, mi hija llama a su familia informándola que se va a quedar en mi casa a cuidarme e inmediatamente se lo reclamo.

Me duelen los huesos; y es muy probable que sufra un infarto dentro de poco pero aún así puedo cuidarme solo. Además no se sabe cuando será el "pronto" de mi muerte.

Lo que está haciendo es tomar una decisión apresurada y no está pensando en que ella tiene una familia que cuidar además de mi, tiene un hijo de 2 años que todavía necesita el cariño de su madre.

Mi hijo también se ofrece y nos ponemos a discutir también. Él es el principal sustento de sus dos hijos, ambos universitarios.

¿Por qué su cariño hacia mí nubla su razón? ¿Es porque piensan que si no pasan mis últimos días conmigo se arrepentirán por toda la vida como pasó con mi esposa?

Al final no logro convencerlos. Seguramente se queden hasta el día de mi muerte. Solo deseo que eso ocurra pronto, ellos no deben de desperdiciar sus vidas cuidando a un viejo como yo.

Llegamos a mi casa y me acuesto a descansar. Al despertar ellos habían preparado mi cena. Me siento a comer y luego ellos se van a dormir.

Fue un largo día para mis hijos, me voy a leer un poco por la falta de sueño.

Cuando me doy cuenta ya son las 3:45 am, enciendo el televisor de la sala y me siento.

Por suerte mis oídos funcionan bien y no necesito subir el volumen y así no despertarlos.

Es una repetición del partido de fútbol del jueves pasado. Recuerdo cuando yo solía jugar de volante, nadie daba mejores pases que yo y junto a Arturo, mi mejor amigo, hacíamos los mejores goles cada vez que jugábamos.

Él siempre se llevaba las luces por definir, a mí no me importaba su popularidad pues ambos sabíamos que no haríamos esos goles sin el trabajo en equipo que realizábamos.

Un día un equipo que nos vio jugar lo quiso reclutar, él puso la condición que él iba solo si yo lo acompañase. El club no aceptó y declinó la oferta.

Me pregunto si hace años hubiera podido ver a Arturo en la televisión como estoy viendo a estos jóvenes ahora, y no a través de un cristal en su ataúd unos meses atrás.

¡Oh muerte! Eres tan impredecible. Te llevas a los amigos antes para que uno recorra el camino alegremente al querer encontrarlos otra vez.

Ya han pasado 20 minutos de empezar el partido y aparece una jugada espectacular una que solo pudimos haber hecho Arturo y yo.

Me emociono pues nos veo reflejados en esos jóvenes, verlos me hace saber que el talento no se morirá conmigo y Arturo.

Me sigo emocionando pero el frío de la noche que llega a mi piel no se contrarresta con el calor de mi corazón y me siento mareado. Luego pierdo la respiración, estoy jadeando.

¿Pero por qué? Si yo quiero dejar el mundo. No quiero que ellos se preocupen por mí...

Ellos... mi familia. Pienso en mi nieto de 2 años que no tendrá memorias de haber pasado tiempo conmigo, en los hijos de mi hijo que se graduarán y yo no estaré para verlos ejercer su profesión.

Todavía no, por favor. Quiero tener más tiempo con ellos, quiero verlos crecer, quiero guiarlos y darles a conocer lo que yo conozco, quiero ayudarlos en todo. ¡QUIERO VIVIR!

Debo llamarlos, pero mis gritos se pierden con el grito de gol, debo golpear debo hacer ruido y despertarlos.

Caigo al suelo con el estruendo de una bolsa de huesos. Eso los llama a la sala y van a mi auxilio les digo que llamen a la ambulancia pero sus manos tiemblan intento calmarlos, pero antes debo calmarme yo.

No hay vuelta atrás.

Me empieza a dar sueño, mucho sueño, mis ojos se cierran. Solo escucho sus voces, pero poco a poco se van haciendo más silenciosas.

After LifeWhere stories live. Discover now