Apéndice I: Mirla

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Es imposible hablar de los mirlaj y no mencionarla a ella, a Mirla, la que les dio nombre, la que les enseñó a enfrentar a los seres que condenaban su existencia: los vampiros

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Es imposible hablar de los mirlaj y no mencionarla a ella, a Mirla, la que les dio nombre, la que les enseñó a enfrentar a los seres que condenaban su existencia: los vampiros.

Pero, al mismo tiempo, para hablar de ella hay que remontarse a sus inicios...

Mirla era la hija primogénita del rey de Reeliska. Por aquel entonces, se trataba de un reino independiente. Svetlïa no existía y los reinos humanos vivían enfrentados entre ellos, una presa fácil para Vasiilia, gobernada por Drago y convertida en un nido de vampiros.

Antes de morir, el rey nombró a Mirla su sucesora, por encima de su segundo hijo, un varón y que, según las tradiciones humanas, eran los únicos que podían gobernar.

Sin embargo, el rey no había perdido la cabeza ni mucho menos. Desde niña, Mirla había mostrado una gran capacidad de liderazgo, un carácter fuerte e indomable, sabiduría y gran habilidad con las armas. En cambio, su hijo Olav era débil y asustadizo, lo que menos necesitaba el reino.

En el año 692, con tan solo quince años, Mirla fue coronada. Pero de inmediato comenzaron las intrigas. Había nobles indignados con que los gobernara una mujer, aunque fuera una tan capaz como ella. Y luego estaban los que habían deseado a un rey débil al que controlar e influenciar para ganar poder, algo que no podían hacer con Mirla.

Durante su corto reinado, apenas llegó al año, sufrió tres intentos de asesinato mientras Vasiilia cada vez ganaba más y más terreno, esclavizando a más y más humanos.

Aquello tenía que terminar.

Mirla abdicó en favor de Olav y desapareció. Nadie supo nunca a dónde fue.

La leyenda cuenta que viajó, viajó por toda Skhädell y desentrañó todos sus secretos.

Después de años de ver a los humanos masacrados, convertidos en esclavos para complacer todos y cada uno de los deseos de los vampiros, lloró.

Lloró y pidió a los cielos que le dieran una forma de destruirlos, una forma de liberar a su gente.

Dicen que tres de sus lágrimas cristalizaron y se convirtieron en semillas.

Mirla las plantó y así nacieron los tres Sauces Blancos. Nadie sabe cómo aprendió a usarlos para crear armas, pero se sabe que durante los siguientes diez años, fundó la Orden de los Mirlaj y en secreto entrenó a todo aquel que deseara enfrentarse a los vampiros.

Durante una década, se mantuvieron ocultos de Drago y sus tropas. Crearon armas magníficas, armaduras, venenos, proyectiles... Todo lo que podáis imaginar.

Mirla reapareció durante una terrible batalla en la que Drago y Anghelika estaban masacrando los ejércitos de Reeliska.

Comandó a los mirlaj y, por primera vez en siglos, los humanos lograron derrotar a los vampiros. Los obligaron a retroceder, a recluirse en sus ciudades.

Aurora, la espada de Mirla, impartió justicia aquel día y cuando la alzó al cielo, las nubes se abrieron y el sol bañó el campo de batalla.

Los vampiros huyeron a sus rincones oscuros.

Nadie volvió a olvidar a Mirla. Su hermano le pidió que volviera a ocupar el trono de Reeliska, pero ella se negó. Tenía una idea más grandiosa en mente: la unificación de los reinos humanos.

Gracias a la protección de la Orden de los Mirlaj, pudo celebrarse la reunión de los ocho reyes de los reinos libres del yugo de Vasiilia: Wiktoria, Annelia, Vânat, Ludwington, Lislotte, Silveria y Icemoor.

Transcurrieron días, pero al fin los reinos del sur y los reinos del norte accedieron a unirse a Reeliska para formar la que hoy conocemos como Svetlïa. Y, lo más importante, los siete reyes aceptaron perder su condición de monarcas y convertirse en Duques de Svetlïa bajo el reinado del linaje de Reeliska. A cambio, ganaron la protección de los mirlaj y la unión de sus recursos.

Mirla no solo había encontrado la forma de acabar con los vampiros, sino que había logrado unir a todos los humanos en busca de un único fin: la libertad.

Pero los vampiros tampoco se quedaron de brazos cruzados. Drago y Anghelika no eran simples seres sin raciocinio como los licántropos, eran criaturas antiguas, poderosas y sumamente inteligentes.

A Drago se le conocía como "el Sanguinario", pero también lo llamaban "el Rey Estratega", y no eran palabras vacías, os lo aseguro.

Hubo terribles batallas y los humanos sufrieron las consecuencias, pero hay que destacar que los vampiros no salieron mejor parados.

Ese fue el inicio de la era de oro para los mirlaj, pero lamento decir que Mirla no vería el día en que al fin los humanos se libraran del yugo de Drago.

Me gustaría decir que Mirla derrotó a los vampiros y vivió una vida plena. Que murió en su lecho, rodeada de sus hijos.

Pero mentiría y un sabio de la Orden de Chamberleyn jamás miente.

Mirla nunca se casó, nunca tuvo hijos, y no se le conocen amantes. Sus gentes la llaman heroína y santa. Es habitual que numerosos mirlaj tomen un voto de castidad, pues una pequeña parte de ellos considera que imitar el camino que siguió Mirla es la mejor forma de acercarse a su grandeza.

Pero eso carece de importancia.

Mirla murió con treintaitrés años, en la Batalla de la Ciénaga de Birsk en el año 710.

No pretendo relatar lo que sucedió con mayor rimbombancia de la que tuvo, pero os digo la verdad cuando afirmo que pocas batallas estuvieron a la altura de esa. Tal vez la que ocurrió en el Río Rojo, pero esa es otra historia...

No, la ciénaga fue el peor de los escenarios posibles: oscura, repleta de árboles altos y podridos, llena de mosquitos... Y lo más peligroso de todo: un paso en falso hacía que te hundieras en el barro, en agua cenagosa, y quedaras atrapado.

Se sabe que Drago y Mirla pelearon uno contra uno y se perdieron entre las tierras cenagosas. Se sabe que solo el rey de los vampiros salió de allí con vida. Se sabe que sufrió terribles heridas...

Y se sabe que el cuerpo de Mirla jamás fue encontrado, tampoco Aurora, su valiosa espada.

Y permitidme una inoportuna intervención, pero de aquí nace el famoso dicho "estás más perdido que la espada de la reina Mirla".

Y este fue el final de Mirla de Reeliska.

Una mujer sin duda valerosa, capaz, una guerrera.

Una mujer que no se amedrentó cuando la llamaron indigna para reinar y que se convirtió en la guía de toda la humanidad.

Es la llama que arde en el corazón de la Orden Mirlaj.

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