Dicese una vez de un hombre enamorado. Enamorado de las flores. De un tipo de flor...
Alguna vez oiste hablar de los dientes de león?
El los amaba. De niño frecuentaba las grandes planicies floreadas. De adolescente escribia poemas exhaltando la belleza de dichas flores, y de adulto, se enamoro de una mujer que se le asemejaba: Rubia, delgada, frágil pero de color imponente.
El la protegio hasta el fin de sus días, cuando su amor murió joven por una enfermedad mortal. Inconsolable, iba todos los días a dejarle un pequeño ramo de flores. Un ramo de dientes de león para ser mas exactos.
Asi los años pasaban: el hombre vivía tranquilo pero añoraba los días de felicidad y amor, aquellos días color amarillo que relucían y lo invitaban a correr esperando solo ver al amanecer.
No obstante, a sus 100 años se percato de un suceso impresionante. El hombre era inmortal.
Al principio se sorprendio, pero rápidamente su sorpresa lo espanto, dándose cuenta que jamas podría volver a reunirse con la mujer de su vida.
Aquella noche, al dormir, le llego una revelación. Dios mismo le dijo que tenia una misión para el por la cual el no podría morir. Se trataba de un diente de león. Uno especial. Este era frágil y no podría soportar el inminente fin de la primavera. Por ello, el hombre debía recorrer el mundo con la flor en su maceta.
"Estoy muy viejo como para caminar por todo el mundo" se repetia, pero mirar la flor lo motivaba. Por ello, maceta en mano empezó su recorrido...
A paso lento pero incansable, el hombre camino lo que ningún otro ser podría. El sol primaveral y las brisas calidas lo refrescaban. El aire fresco y puro y el rocio de la mañana parecían animarlo sin palabras. Los girasoles del campo le indicaban el camino y el pequeño diente de león le hacia compañía dia y noche.
Paso por paso, con una determinación indestructible el hombre llego hasta los confines de la tierra. Sus piernas hechas polvo, su espalda torcida... Cayo y volvió a reencontrarse con el amor de su vida
