Rojos

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No faltan las mañanas en las que despierte con el recuerdo de Asunción. Una hermosa ciudad de fantasía y de sueños, o al menos así lo era para mí.

Al principio la capital paraguaya representaba para mí tan solo un refugio, pero con el tiempo se transformó en mi dulce nuevo hogar.

Aún recuerdo la noche del 24 de marzo de 1976 en la que mi familia y yo huimos de la Argentina hasta ese nuevo y querido hogar. Videla acababa de llegar al poder tras un golpe de estado militar. "La Pantera Rosa" le decían, por su rostro y figura finos además de su gracioso bigote. Mis padres me dijeron que debíamos escapar de él, que enviaría a sus sicarios para borrarnos del mapa. Sabía que mentían, no habia ninguna razón para que eso pasara.

Durante esa época se popularizo una palabra para describir a la gente que estaba en contra del régimen: "subversivo"

Veamos. Subversivo: "Que pretende alterar el orden social o destruir la estabilidad política de un país."

Sin embargo había otra palabra que parecía gustarle más a nuestros vecinos en Formosa para insultarnos: "Rojos". Me sorprendía como un color podía lastimar tanto como para usarle de improperio.

Veamos ahora. Rojo: "Manera grosera de llamar a una persona con tendencias comunistas o socialistas."

Ya existía represión a los comunistas en la época de Perón. Pero ahora con los militares seria mucho peor. Luego ya me enteraría de las barbaridades cometidas hacia los subversivos.

¿Eso éramos? ¿Comunistas? ¿Por eso teníamos que huir? No. Había algo más, algo que mis padres no me supieron decir. No escapábamos de Videla.

-¿Mama aun no lo entiendo, a donde se supone que vamos? ¿Por qué debemos abandonar nuestra casa y toda nuestra vida? ¿Es por esos boludos que nos acusan de ser Rojos?

-Cristian...

-¡No lo somos mama! No somos comunistas. ¡¿Porque nos acusan de serlo?!

Yo empacaba algunas cosas esenciales de nuestra habitación mientras esperábamos a papa y al señor Quinatoa quien nos ayudaría a escapar a Asunción. Vivíamos en la vieja y modesta pensión de doña Petre colocada a las afueras de Formosa. Yo tendría unos dieciséis años recién cumplidos y según mama aún era muy joven para entender algunas cosas.

Ella estaba sentada en una silla junto a la ventana de la sala a la derecha de la puerta que daba al pasillo. Leía y releía una vieja carta escrita en un papel que seguro había visto mejores tiempos, lo que más llamaba la atención era que estaba escrita totalmente en tinta roja.

-¡Cristian!- me grito alzando la mirada del papel.- no vuelvas a alzarme el tono así. Sigue empacando que tu padre ya debe estar por llegar.

-Pero necesito una explicación mama. No es lógico que nos vayamos así nada más. Debo saberlo ¿Quién nos persigue?

-Eres muy joven para entenderlo. Aveces es mejor ocultar la verdad para proteger a las personas que amamos.

-¿Protegerme de que mama? ¿De qué?- le grite otra vez- Es lo único que dicen... mama ¿Quién nos persigue?

La radio estaba encendida. Habíamos sintonizado "Radio Colonia". Escuchábamos una retransmisión de un informe del golpe de estado.

"Buenas tardes amigos. Eh... aquí las primeras informaciones..."

Mama se acercó a mí y poso su mano en mi mejilla mirándome con consternación.

-No puedes saberlo aun... pero créeme que es por tu propio bien. Te prometo que algun dia sabras la verdad, pero no ahora. 

"...para este boletín Buenos Aires, una junta de comandantes asumió esta madrugada el poder en la Argentina. Tanques y tropas del ejército son..."

-Está bien mama.- suspire – si crees que es lo mejor

Regreso a su silla a seguir mirando la vieja carta.

"...la expresidenta era conducida a la residencia del..."

-Cristian apaga eso por favor

Eran ya las diez u once de la noche cuando dos luces se colaron por la ventana. Era el coche del señor Quinatoa

-Ya llegaron tu papa y el señor Quinatoa- dijo mama mirando por la ventana- apúrate, abrígate bien que es hora de irnos.

Me puse una vieja campera gruesa que olía a polvo.

Mi madre traía una falda larga floreada y por encima de la blusa una campera larga marrón. 

Ella sería una mujer de unos treinta y siete años en esa época pero siempre parecía verse de treinta. Era muy linda, su cabello negro y ondulado me recordaba al de la estatua de una virgen qué descansaba en la iglesia de San Sebastián.

-Vámonos Cristian, es hora.

Me dio un abraso y un tierno beso en la frente. Recuerdo ese beso, era tierno como siempre, pero había algo más. Nos miramos unos segundos en silencio y entonces sus ojos se cristalizaron, una lágrima se deslizo acariciando su mejilla y entonces lo supe. Se estaba despidiendo de mí.

La abrace fuertemente mientras una lágrima, esta vez mía, se deslizaba acariciándome la mejilla. No dijimos nada, pero de alguna forma, dentro de nosotros sabíamos que ambos nos subiríamos a ese coche, pero solo uno llegaría a Asunción.





Proximo capitulo mañana en la noche...




Mi Querida MarielDonde viven las historias. Descúbrelo ahora