Parte 1

64 9 3
                                        

Supongo que para contar esta historia primero debería de empezar por el principio. O al menos intentarlo. Aunque ni yo misma sepa muy bien por dónde empezar porque para eso debería de saber cómo diablos he llegado hasta aquí.

Verás, para intentar comprenderme primero deberías de tener un superpoder que te permitiera entrar en mi mente. Gracias a dios no puedes y, en serio, da las gracias, porque si estuvieras un solo segundo en mi cabeza te aseguro que saldrías de ella más loco que James McAvoy en Múltiple, y los que me conocen... seguramente se sorprenderían, aunque solo sea un poco. Nadie se imagina el inmenso caos que hay en mi cabeza y cuando utilizo el término caos créeme que lo digo en el gran sentido de la palabra.

Imagínate una biblioteca llena de miles de estanterías, con todos los libros del mundo ordenados y colocados perfectamente por orden alfabético según el género literario correspondiente.  Bien, pues ahora imagínate que la primera estantería se cae encima de otra provocando así un perfecto y hermoso efecto dominó. ¿Puedes imaginarlo? Todos los libros volando por los aires, chocando unos contra otros a cámara lenta...  Que desastrosa maravilla.

Pues esto es un suave ejemplo que suelo utilizar para describir mi interior.  Podría describirlo de otra manera más repulsiva, pero me daría mucho reparo escribirlo, y  además tampoco sé si sabría cómo hacerlo.

Claro que ahora mismo se me están pasando varias ideas por mi librería mental, que si alguien las oyera o mejor aún, las viera... Probablemente me terminarían ingresando en un psiquiátrico.

Todo el mundo pensaría algo así (quien diga que no miente) si la promiscua de tu amiga te hubiera dejado tirada a las cinco de la mañana en un pueblo que está a tomar por culo del tuyo para ir a echar un polvo de reconciliación con su puto ex.

Tendría que alegrarme por ella, supongo. Hace unas horas seguro que he sido tan falsa como para hacerlo.  Pero ahora te aseguro que desearía rociarlos a los dos con gasolina, prenderles fuego con una cerilla y acto seguido lanzarlos a la puta vía del tren para ver como éste les pasa por encima repetidas veces.

No es lo más sádico que he llegado a imaginarme, que conste, pero hay ciertas cosas que no me atrevo a confesar ni por escrito, espero que lo comprendas.

Esta soy yo, la sádica mental silenciosa y abandonada Maisie Dumont (bonito ¿verdad?) sentada en el suelo de una estación sencillamente porque está más frío que el viejo banco, y porque lo ve más propio de una escena de película de drama adolescente. Vestida con un top que bien podría haberle servido de puto vestido a la golfa de Miranda, pero que a ella claramente, no. Con una cutre mochila rosa algo rota de instituto porque era lo único que ocultaría el ya caliente ron y el inexistente hielo que esta vez le tocaba traer.

Aquí, simplemente yo. Narrando esta autobiografía mentalmente, intentando sonar lo más dramática posible, como si James Earl Jones estuviera acampado en mi mente, auto engañándome a mí misma al intentar convencerme en que voy a ponerme a escribir como J.K Rowling nada más llegar a casa cuando sé de sobras que eso no va a ocurrir, e imaginándome cómo escaparía si ahora mismo un violador morfinómano apareciese en la estación (no es por dramatizar, pero repito que estoy absolutamente sola vestida como una actriz porno y, además súmale a eso que no se me da nada bien correr.  Ahí lo dejo).

Bien, pues como dudo que esto vaya a ser escrito a papel ni leído por nadie, empezaré por contarlo todo sobre mí, porque sí, simplemente porque es algo que quiero hacer.

Eso sí, aunque te parezca extraño, narraré como si me estuviera dirigiendo a alguien más aparte de a mí misma. Siempre me han gustado los libros escritos en primera persona, es como si el autor te contará toda la historia únicamente a ti, como si tu fueras el único capaz de comprenderle, y eso es lo puto mejor.

Tampoco quiero revelar mi verdadero nombre, más que nada porque es demasiado común y vulgar, nadie debería de tener un nombre común. Yo lo odio. Puedes llamarte Laura, por ejemplo,  estar en una clase, gritar ese nombre y te aseguro que se giraran como mínimo doce. Tampoco me gustan la mayoría de los nombres de las personas que voy a nombrar (sobretodo porque la gran mayoría son unos grandes retrasados mentales), así que voy a cambiarlos también por otros que les peguen más (puede que incluso me inspire en celebridades, quién sabe) y de paso para evitarme futuras demandas (cosa que dudo).

"Dicho esto, siéntate y si me conoces y sabes quién soy, juzga lo que te parezca porque esta es MI verdad".

(Por mucho que te joda).

Esta soy yo.

MY AHITWhere stories live. Discover now