1

14 2 0
                                        


Al principio, se encontraba perdido, pues despertar en medio del bosque no era algo normal. Lo último que recordaba era estar en su habitación, pasando el tiempo, viendo la vida pasar en un techo viejo de madera y vigas carcomidas.

Mirar hacia un lado y al otro, no iba a ayudarle mucho, así que decidió levantarse, al hacerlo se dio cuenta de que no estaba en un bosque precisamente. Al mirar a un lado y al otro, vio que se encontraba a la orilla de un pequeño lago, si bien, solo veía árboles alrededor, estaba seguro de que no estaba en un bosque. Era un sentimiento bastante extraño saber dónde estás y no saberlo a la vez, pues él, estaba más que seguro que ya había estado ahí antes, alguna vez, pero no sabía dónde se encontraba ni cómo salir de ahí y regresar a su reducto de soledad.

Últimamente no había salido mucho, menos de lo normal todavía, pues salir para él, se reducía a ir a la escuela y salir a comprar para la cena. Desde que había llegado a ese lugar, que no era ni más ni menos que su pueblo natal, no había sentido más que un resentimiento. Hacia sus padres por traerlo; hacia la vida, por quitarle oportunidades; hacia todos, porque no conocía a nadie y no quería hacerlo; hacia él mismo, por ser tan débil y no ser capaz de levantar cabeza, hacia sus libros; pues gracias a ellos se había imaginado una vida de cuento; hacia el mundo, porque tuvo la oportunidad de conocerlo y ahora se sentía en una cueva.

Cuando volvió a mirar, por fin supo porqué le resultaba tan familiar aquel lugar. En una de sus excursiones, había acabado ahí, no supo cómo, pero había llegado. En aquel tiempo, él tenía un cachorro, no se atrevió nunca a llamarlo perro, pues no había cumplido ni un año todavía cuando una picadura de serpiente se lo llevó a mejor vida, a fin de cuentas, él siempre pensó que la mala suerte había hecho mella en él desde que perdió su pulsera, tenía por seguro que estaba marcado de alguna forma, solo que hasta ahora se hacía presente la bendita marca para poder borrarla. Situado a unos cuantos kilómetros del pueblo, estaba ese pequeño lago, alrededor de todo el pueblo y más allá de los confines que él recordaba haber explorado, se había topado con casas abandonadas, corrales derruidos, o en su defecto, estancias y pequeñas granjas, pero todo, absolutamente todo el territorio estaba de alguna manera con dueño y ya había sido trabajado. Excepto ahí, ese pequeño lago con cuatro árboles alrededor y algunas piedras fuera de sitio.

Intentó dar un paso, vista al frente, ya se sentía seguro de dónde estaba y como podía salir de ahí y regresar a la monotonía habitual. Las cosas ya estaban dadas, solo era seguir, sin embargo se le heló la sangre al escuchar un aullido. Así era él; él, que odiaba que todo lo que se moviera y descargaba rabia con cualquiera, se le helaba la sangre en cuanto se encontraba solo. Como de cobarde era, y él lo sabía, y ese era otro motivo más todavía para seguir odiándose, para seguir odiando su debilidad.

No movió ni una pestaña, ni un solo músculo, ni siquiera miró de donde venía, pues al dar el paso, había sentido que había pisado un piedrita o algo por estilo. Cuál fue su sorpresa, cuando la piedrita se escabulló de debajo de su zapato, aquellos zapatos tan viejos que parecían de cuando tenía cinco años, pero así era él, se ataba a algo y no había nadie que se lo quitara, y esa era la prueba, sus zapatos viejos, que lo mismo servían para ir a una fiesta que para ir a correr que para salir a comprar el pan.

Cuando por fin se decidió a mirar, no supo qué hacer cuando lo vio, así que hizo lo que su carácter le dictaba por costumbre, ante la sorpresa, la inmovilidad, se quedó estático observando.


La NinfaWhere stories live. Discover now