Cara a cara con los bullers

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Estaba yo, cansado y agotado, tras una larga tarde de estudio, en mi cuarto. Disfrutaba plenamente de mi cama, como si se tratase de algún tipo de hamaca hawaiiana en mitad de la playa, o, quizás, un sofá relajante. Si, de estos que te dan masajes y te dejan la espalda de oro.

Sin embargo, mi cama era simple y llanamente un colchón sobre cuatro palos de madera.

Desvié mi mirada desde el techo hasta mi almohada, dándole la vuelta a mi cuerpo para enterrar la cara en esta. Sin saberlo y sin quererlo, me puse a recordar todo lo que había pasado en aquel día. Pero primero, y antes de nada, déjame presentarme. Y si, te hablo a ti y sólo a ti.

Mi nombre es Ricardo Pina (y si, mi apellido no es el típico apellido de telenovela, básicamente porque esto no es una telenovela...ni una novela...¿o sí?)

Soy simplemente un chico normal, de la calle Paseo de Castillo, en un pueblecito llamado Bifarra. (No preguntes por qué se llama así, yo tampoco lo sé).

Tengo 15 años y voy a cuarto de la ESO. Pero bueno, no voy a profundizar mucho en eso, vayamos a lo principal.

Mi historia.
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Mucho antes....

-- Lo sé, Cayla, ya lo hemos hablado antes. Estaré en la estación de autobús en unos minutos. -- le dije al teléfono a mi mejor amiga, la cual estaba ansiosa por verme después de tanto tiempo.

-- ¡Es que estoy súper emocionada! ¡ Después de casi tres años vuelves al pueblo! ¡ Y encima vas a ir a mi mismo instituto! -- Exclamó, como si fuera una niña pequeña antes de ir al parque de atracciones. -- Aunque no entiendo cómo es que te vas a adaptar con los antiguos compañeros de clase... -- acabó diciendo. Sabía que diría eso.

-- Bueno, ya lo veremos. Lo importante este año es pasar de curso, divertirnos y hacer amigos. -- Enuncié, quitándole importancia al asunto. -- Voy a colgarte, ya casi estoy allí.

-- Pero..- Le colgué antes de que terminara.

Caminé por la acera, con un poco de prisa, para poder llegar perfectamente a la estación de autobuses a tiempo, aunque fui tan torpe de tropezar antes de hacerlo.

Cuando llegué todos se me quedaron mirando como un bicho raro. Ahí estaban, los antiguos compañeros de mi clase. Las personas que me habían arruinado la infancia, que me habían jodido a tal punto de tener que mudarme. Ahí estaban, sonriendo como si nada.

Pasé de largo y me centré en la chica de pelo rojo tintado con mechas blancas estilo californiano que tenía enfrente. Cayla siempre fue una chica bajita, de más o menos un metro 65, con gafas de pasta negras y ojos azul turquesa. Su piel era como la porcelana, sus mejillas siempre estaban enrojecidas y tenía la cara poblada de pecas.

En cuanto me vio aparecer me aplastó con sus brazos dando me uno de sus típicos abrazos de oso. Echaba de menos esa sensación, pero he de admitir que dolía bastante. Y lo digo en sentido literal.

-- ¡Te has tintado el pelo! -- exclamó, fijándose en mi pelo enredado y desaliñeado.

Y si, era cierto. Necesitaba animarme un poco, y por eso me hice unas mechas de color fuxia después de tintar mi pelo de azul.

--Si, eso creo, la verdad no me queda nada m-

Automáticamente, fui interrumpido por la imagen de un chico más alto que yo, de piel dorada y pelo avellana.

Sólo le vi la espalda, pero fue suficiente para que, todas esas mariposas que habían muerto, renacieran y revolotearan dentro de mí.

Y así comenzó mi primer día de clase, antes de subir al autobús.

Cuentos De Mariposas- Historia LgtbStories to obsess over. Discover now