El viejo baúl de Justino Monasterio

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La curiosidad de Miguel Monasterio era más grande que su bolsa de canicas, superaba por mucho su miedo, le motivaba más que su necedad a la hora de hacer las cosas y fue justamente su curiosidad lo que le hizo querer entrar al cuarto del abuelo Justino el día que encontró la manera. El abuelo había muerto cuando Miguel tenía apenas cinco años pero desde entonces ya había pasado tiempo y ahora el chico, quien contaba con doce años, era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera, podía alcanzar con facilidad la parte alta de la alacena e incluso lo mandaban solo al mercado.

Era por eso que se propuso la meta de conseguir el baúl del abuelo. Un viejo cajón de madera que se encontraba en el antiguo cuarto de este, opacado por el tiempo, enterrado por el polvo y abarrotado gracias a la imaginación de Miguel por los artefactos más valiosos que pudiera encontrar. Lo había visto años atrás. Recordaba vagamente como el abuelo le mostraba fotografías de su juventud, monedas antiguas y artilugios varios a los que el viejo nunca les prestó atención cuando Miguel le preguntaba para que servían.

Cuando el viejo Justino Monasterio murió, su cuarto paso a ser la bodega de casa pues era bastante conveniente debido a que se encontraba hasta el final del pasillo, muy cerca del patio. La familia no se expandió más haya de Miguel, que era el menor, quien además dormía en el mismo cuarto que su hermana Susana. Aparte de eso, no recibían muchas visitas a las cuales tuvieran que mandar a otro cuarto, pero si acumulaban demasiadas cosas. Por eso podían permitirse utilizar el cuarto extra de la casa como bodega.

Así que todo lo que se acumulaba en la casa se guardaba ahí: «Ponlo en el cuarto de tu abuelo» decía la madre a Susana la hermana mayor y le daba la llave para abrir y guardar lo que estorbara en ese momento, una vez almacenado dentro del cuarto, Susana le regresaba la llave a mamá.

Alguna que otra vez, el niño trato de entrar detrás de Susana, pero esta no mantenía la puerta abierta mucho tiempo. Solo abría, guardaba y cerraba. Miguel sabía que algunas de las cosas del abuelo seguían ahí, enterradas debajo de todo lo acumulado. Como la cama sobre la que ahora había columnas de libros viejos o la mecedora que estaba cubierta por trapos, vestidos y demás ropa desgastada. El baúl seguía ahí, cerrado con un grueso candado, lo había visto siempre en el mismo lugar, ahora cubierto de polvo y semienterrado entre esferas rotas, series de focos de colores fundidas y demás adornos navideños.

Sus padres no le habían puesto atención, simplemente pasaba desapercibido. Tal vez se hubieran visto forzados a abrirlo para buscar dinero o papeles de la herencia, pero no. La herencia ya había sido reclamada por lo cual el dinero les era más abundante que antes. Miguel no tenía la llave para abrir el candado, pero esa era la menor de sus preocupaciones, se encargaría de eso en su momento, por ahora le preocupaba encontrar una manera de entrar al cuarto sin ser visto y tener suficiente tiempo para abrir el baúl y así nadar en las maravillas que escondía.

Su plan consistía en entrar a hurtadillas un día que Susana fuera a guardar algo, esconderse en algún lugar hasta que cerrara la puerta, una vez dentro abrir el baúl de un modo u otro para finalmente salir por la ventana hacia el patio con su tesoro y esconderlo todo debajo de su cama, el baúl se quedaría ahí, intacto. Nadie notaria siquiera que lo había tocado.

Y todo había salido bien, Susana entro a dejar unas cajas de regalo mamá dijo, volverían a usar en alguna ocasión. Miguel entro despacio detrás de ella y a la primera oportunidad se metió debajo de la cama, no salió hasta escuchar la puerta cerrar, dejándolo totalmente a oscuras. Afortunadamente era sábado en la noche, sus padres lo hacían dormido en cama, no lo buscarían hasta la mañana siguiente para ir a misa.

Tomó una pequeña lámpara que traía en su bolsillo y la encendió, el lugar olía a polvo y papel viejo, además de ser muy caluroso. A lo lejos podía escuchar ruidos provenientes de la cocina, probablemente su mamá o Susana lavando y acomodando los trastes de la cena. Dio unos cuantos pasos tropezando con zapatos viejos, se sostuvo de la cama, dirigió la luz al piso para ver mejor por donde caminaba pues resultaba imposible no aplastar algo al andar en ese lugar.

Diario de un cazafantasmasWhere stories live. Discover now