Preámbulo

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Las viejas calles empedradas de roca negra de Isemvish, relucían pulidas bajo el sol después de la lluvia nocturna de la noche anterior.
Sus casas, construidas también usando esa misma piedra negra parecida a la pizarra y unidas por una argamasa negra también, de casi cinco plantas de altura casi todas ellas y tejados abuardillados terminados unos en picos anchos mientras que otros acababan en una fina punta, le conferían al entorno un aspecto más que siniestro. Pero no era eso, lo que realmente inspiraba temor entre las pobres gentes de aquel pueblo perdido de la mano de Dios hace ya muchos años. Lo que en verdad aterraba en aquel lugar era la estrechez de sus angostas, lúgubres y negras calles y callejones, unas girando a la derecha, otras a la izquierda, sin ver más allá que unos cientos de metros, y todas ellas tan desniveladas, que apenas podían circular automóviles. Como mucho algun que otro coche de caballos, con unos famélicos equinos que se atrevían aún a circular por aquel pueblo. Las ventanas de algunos edificios se parecían más a arpilleras o rendijas en la pared que a auténticas ventanas, hechas para dejar pasar más que la luz, el aire. Aunque el aire en aquella zona solía estar demasiado cargado de matices marinos. Varias lamparas eléctricas de cristal grueso pedían de alguna de las calles más anchas, las cuales apenas llegaban a los tres metros de lado a lado.En las calles, apenas había gente paseando aquella mañana, de hecho, casi nunca solía haberla por aquellas inhóspitas calles negras. Y si entrabas por una de aquellas callejuelas, era difícil saber que había en al otro lado, si es que llegabas a algún lugar o si era un simple callejón sin salida.
Alex cogió su mochila de tela impermeable negra con varios bolsillos y caminó en dirección al interior de aquel pueblo oscuro. Sus pasos le habían llevado allí.

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