1. Lizbeth

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Yo nunca me había sentido a gusto  allí, en el lugar del que provengo. No es que me trataran mal, al contrario: tenía todos los lujos que una joven puede desear, pero nada me completaba. Siempre sentí que no encajaba entre los miembros de la familia Arryn y me sentía pequeña en mi propio hogar. La altura a la que se encontraba el castillo siempre hizo crecer mi curiosidad. Deseaba ampliar mis horizontes, dar un paso más, ser algo más que Lisbeth Arrys, hija de un honorable miembro de la misma casa y de una joven Tully que no se casó por amor. Yo, al igual que mi madre, nací con el mismo destino, ya que mi padre había prometido mi mano antes de que siquiera hubiera respirado por primera vez.

Ahí estaba yo. Había llegado  el momento y estaba nerviosa mientras mis ojos recorrían el frío paisaje una y otra vez. No podía esperar más. Estaba cansada del traqueteo de los caballos, quería llegar allí, a Invernalia. Hacía algunos días que había salido del Nido de Águilas y los nervios me podían, ya que tenía que demostrarle a la prima de mi madre, Catelyn Stark, que podía ser una buena esposa para el mayor de sus hijos. Nunca me hizo mucha gracia la decisión de nuestros padres: casarme con un Stark, con un chico al que no conocía y que ni siquiera había visto. Aun así, tenía que hacerlo y no podía manchar el honor de nuestras familias, además de que significaba mi escape al mundo exterior.

Mi madre me había contado que  era un joven de mi edad o poco más, que era guapo y que juntos seríamos algún día señores de Invernalia, y que con suerte correría una mejor suerte que ella en su matrimonio. La señora de Invernalia... Yo no quería ser eso. Desde niña soñaba con ser libre, vivir lejos de los recatos de una señorita, correr sin zapatos, saltar en los ríos sin importar mojarme la ropa, ser amiga de otros jóvenes sin importar de dónde viniesen. La Septa… que no quiero ni nombrar a dónde mandaría yo a esa vieja amargada. Y, por supuesto, como no, conocer a algún joven por mí misma y casarme por amor. Pero solo era eso, un sueño, ya que la realidad era muy diferente. Y a día de hoy, con mis 14 años, seguía siendo una niña que viajaba a Invernalia a conocer a su futuro señor y a su familia.

El viento frío chocaba contra  mi rostro, pero yo me negaba a correr las cortinas del carro. Aquel paisaje helado y el cielo gris me tenían enamorada; me parecían más hermosos que cualquier lugar que pudiese divisar desde la más alta torre del Nido. Gracias a eso, no era tan malo del todo haber dejado atrás mi hogar, aunque lo que más lamentaba era haber dejado atrás a madre.

Tras varias lunas, el viaje  había llegado a su final y las vi de lejos: las puertas de Invernalia, esa que sería mi nueva casa. Solicité que pararan la marcha y me prepararan mi caballo; quería llegar allí viéndolo todo. Me acerqué a él y, tras darle algunas caricias a su oscuro pelaje y dedicarle unas palabras cariñosas, monté. Pues, a pesar de ser un caballo, lo había criado desde pequeño. Era como mi amigo, mi hermano, y siempre lo trataba con respeto.

Al llegar frente a las puertas,  los estandartes ondeaban mientras sonaban cornetas avisando de nuestra llegada, hasta que finalmente estas se abrieron para nosotros. Y allí estaban ellos. Aquella familia estaba encabezada por Eddard Stark, el señor de Invernalia. Me quedé fascinada al ver a aquel hombre tan grande que, a pesar de su avanzada edad, era muy atractivo. Lo acompañaba su pequeña, pero no por ello menos hermosa, mujer y sus cinco hijos. También con ellos se encontraba un pequeño séquito, entre los cuales estaba un joven que, al parecer, era el aprendiz de Lord Stark, y otro chico diferente a los demás cuyo parecido era asombrosamente igual al del gran señor, incluso más que el de la mayoría de sus hijos. Y tras ellos se elevaba un enorme castillo de piedra grisácea.

Aparté las faldas de mi vestido y bajé de Tormenta. Una vez en el suelo, volví a acomodar mi ropaje y, por primera vez, sentí el verdadero frío de Invernalia atravesando mi cuerpo e intentando luchar con la cálida bienvenida que me ofrecían. Me acerqué tímidamente hasta ellos y, con toda la educación que había sido capaz de aprender de la vieja Septa, me incliné a modo de saludo y me presenté ante ellos.


Huellas En La Nieve (Juego De Tronos)Cerita yang bikin terobses. Temukan sekarang