La noche se había cerrado sobre el bosque como una garra ensangrentada de tinieblas. Sin la luz de la luna, los guijarros sobre el lecho del arroyo reseco eran como una dolorosa alfombra invisible y traicionera que maltrataba sus pies sin piedad ni reparos. Pero ella seguía caminando, ignorando el dolor de sus heridas y la oscuridad que parecía tirar de su cuerpo en todas direcciones.
Aquello no era lo que tenía que pasar. Noviembre tenía que haber venido frío, húmedo y cargado de buenos presagios para los niños nuevos; pero estaba siendo seco y caluroso hasta la asfixia, muy distinto a lo que ella había vislumbrado en las caprichosas formas de la madera carbonizada en la hoguera. Solo se le ocurrían dos cosas que pudieran justificar un error tan irremisible: que alguien la hubiera desorientado hasta hacerla confundir los designios de las ascuas, o bien que alguien fuera tan poderoso como para haberlos cambiado, la diosa sabía cómo.
Fuera como fuese, parecía evidente que el hado no iba a ser bondadoso con nadie, y mucho menos con ella. Todo le había sido desvelado aquel amanecer, cuando el grajo la había despertado cantando tres veces y los insectos del bosque que solían hostigar sus sueños habían huido de su cuerpo, sabedores de la muerte que les sobrevendría si probaban su sangre maldita. Desconcertada por el giro de los acontecimientos, había vuelto a consultar el fuego: una hoguera minúscula e improvisada en la que no había sido capaz de ver nada más allá de lo que cualquier simple mortal habría visto.
Desde el instante mismo en el que sintió que su visión estaba ciega, no había hecho otra cosa sino huir. Huir hacia las profundidades del bosque que la había cobijado desde su nacimiento, e incluso antes que eso. Había corrido tanto que, en algún momento de aquel fatídico día del fin, había dejado de notar cómo el aire le quemaba al tratar de abrirse paso hasta sus exhaustos pulmones. ¡Ciega! Aunque sus ojos veían con claridad todo cuanto la rodeaba, ese todo no era más que la ilusión de la verdadera realidad, con la que se conforman los que nunca se han asomado a eso que se esconde detrás de lo que parece que es. ¿Cómo podría salvarse sin ver?
Ahora lo tenía claro, no obstante. Alguien estaba jugando con ella. Una venda de opacidad absoluta había sido colocada sobre sus otros ojos, de tal forma que no le estaba permitido conocer nada de lo que la rodeaba, de quien la perseguía. Porque, a pesar de no ser capaz de ver, aún podía sentir que iban tras ella. Quienquiera que fuese, tendría que hacer un esfuerzo mucho mayor si quería privarla también de su percepción.
Las horas de luz solar se habían consumido en su irrefrenable carrera y el sol se había retirado como un cobarde que no quiere presenciar lo que ha de suceder. La luna debería haber iluminado su camino esa noche pero, por algún motivo que todavía no había llegado a comprender, tampoco ella parecía dispuesta a acompañarla en su trance. Solo el miedo la seguía de cerca, como un compañero indeseado que hacía su viaje más difícil de soportar. Había tenido que tomar varias decisiones imprevistas y temía que la presencia de ese miedo la hubiera hecho errar sin remedio. Abandonar su refugio, sus escasas pertenencias materiales y toda su despensa, que le había llevado tanto tiempo surtir. Adentrarse en la espesura o salir del bosque y del peligro. Usar su poder o atesorarlo hasta que de verdad lo necesitara... Pero ya no podía cambiar nada: algunas veces, los errores están escritos en piedra y no pueden borrarse. Otras, como aquella, son dictados por una conciencia más poderosa que obliga con su voluntad.
Al fin se detuvo, cuando sus pies ya no fueron capaces de seguir pisando ni sus piernas de seguir corriendo ni casi su corazón de latir una vez más. Se había adentrado mucho en el dominio de los árboles, había llegado más lejos de lo que nadie había podido nunca. Sin embargo, comprobó con pavor que el poder de la mano que trataba de agarrarla también había alcanzado el interior del bosque. El río, que debía fluir allí con más vida de la que se dejaba ver en los lindes de la verdura, seguía seco, como un hilillo de agua moribunda e infecta que se deja llevar hacia su propia muerte.
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Doce brujas
Mystery / ThrillerDoce capítulos, uno por cada mes a partir del primero, para narrar las historias de doce seres poderosos. Doce mujeres que quizá nunca lo fueron; doce que se convirtieron en mucho más de lo que se pueda imaginar; doce que conocieron su final una o...
