Untitled part

121 4 4
                                        

Lo he intentado. He tratado de convencerme a mí mismo de que lo que haya pasado no fue culpa mía en absoluto. Aunque toda esta historia empezara por culpa mía.

Esa tarde estaba en mi guardia como siempre. Llevaba años como policía y ser el primero en responder a un accidente de coche es siempre lo más traumático que vives siendo agente de policía. Pero esa mañana iba a ser un día de esos que marcaba un antes y un después en la vida. Había recibido un mensaje por la radio del coche. Era un viernes por la tarde. Una tarde de invierno. Fría, mojada y oscura. Aun así había mucho tráfico y personas volviendo a casa sana y salva. Menos ese accidente que me comunicaban mis compañeros. Una madre y una hija. Un coche que perdió la dirección cayendo al río desde un puente, mucha sangre y ninguna superviviente. Recuerdo como pensé en Mía y Rubí; y en como estarían de vuelta a casa después de que Rubí recogiera a Mía de la guardería. Mientras mi compañero conducía a toda velocidad hacia la dirección del accidente, pensé en como decirle al padre de esa niña y al marido de esa mujer que no las volvería a ver.

Nada más acercarnos al sitio del accidente noté como mi cuerpo, a pesar del uniforme y la calefacción del coche, se congelaba. Primero vi el coche, después la matrícula y seguidamente los dos cuerpos en el suelo. De repente, y nunca en mi vida de agente de policía me había pasado, el ambiente retumbaba a caos. Solo recuerdo como salí corriendo del coche aún en marcha y separando a las personas que estaban ahí mirando la escena. Seguramente estarían pensando lo que yo pensaba apenas unos minutos antes "¿Cómo le dirías a un padre y un esposo que perdió a su mujer y a su hija?" Pero yo no lo pensaba más. Rubí y Mía estaba ahí tendidas. No necesitaba que nadie me dijera nada. El primer cuerpo que vi fue el de Mía. Mi pequeña tendida en el suelo. La cara del enfermero lo decía todo. Habían tirado la toalla, Mía se había ido. Mientras corría hacia ella, vi como la tapaban.

Esa imagen caótica que estaba viendo, de seres inhumanos pasándose los papeles, firmas de que esos dos cuerpos habían perdido la vida hicieron que la sangre del cuerpo subiera de temperatura. En ese momento entendí que pasé de ser el policía que rellenaba informes de muerte a padre que odia a ese policía que no hacía nada más por salvar esa vida.

Aparté a los enfermeros como pude, e hice el trabajo que nunca creí hacer; intentar devolver le la vida a mi propia hija. Por mucho que mis compañeros me siguieran, me agarraran o me separaran no podía dejarla ahí tendida en el suelo. Debía hacer el trabajo que solo un padre haría en ese caso; Aprovechar mi desesperación para salvarla.

"Treinta compresiones y dos insuflaciones" era lo único que me repetía a mí mismo. No sé cuánto tiempo pasó, hasta que ese pequeño pulmón me devolvió el aire. Levanté la mano, rogué por ayuda. No quedaba rastro de ese policía que se regía por leyes, ni procedimientos. Era un padre desesperado que estaba haciendo lo posible porque su hija de tres años sobreviviera.

Había salvado a mi hija, pero me llevó tanto tiempo y estaba tan enfocado en ella que no noté que el tiempo pasaba. Había invertido media hora en ella. Treinta minutos que le dediqué a mi hija, en el cual perdí a mi mujer. Y por muy desesperado que estuviera, un foco de razón iluminó mi conciencia. Rubí sí se había ido.

Los siguientes días los pasé en la habitación y el pasillo del hospital. Entre cafés fríos, ramos de rosas, condolencias, abrazos y llantos. Mía se iba recuperando poco a poco. Y cada día preguntaba más por mamá. "Mamá se ha ido"

Volvía a casa nada más para ducharme, llevarle ropa a Mía y darle de comer al gato. Era una tarea casi monótona. Solo quería volver junto a mía, por si necesitaba que su padre hiciera otra vez el trabajo de otros.

Los días iban pasando y más difícil se me hacía que Rubí ya no estuviera. Pero debía sacar fuerzas de donde sea por Mía. El día en el que salió del hospital la llevé a dar una vuelta al parque, le compré sus caramelos favoritos y le hablé de sus dibujos favoritos. Le conté como Zeus me seguía odiando y en como la echaba de menos. Ella reía sin parar. Le hacía gracia que ese pequeño gato negro no quisiera ni acercarse a mí.

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: Nov 19, 2017 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

El arte de atraer los espíritus, de TritemiusStories to obsess over. Discover now