Capítulo 1

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Liz.

Así me llaman todos.

En realidad me llamo Elizabeth Romero. Mi padre fue el que decidió llamarme así, por pura locura. Al parecer, mis ojos le recordaron a los de la reina de Inglaterra. De pequeña me creía su historia, ahora que me doy cuenta que mis ojos son grises, ya no me ilusiono tanto, y odio mi nombre. Pero desde pequeña, todos me llaman Liz.

Nací un veintisiete de julio, en Madrid. Seis años más tarde, llegó mi hermana, Ariadna.

Y así vivimos en esta casa, al lado de Madrid, con mi padre, mi madre, y mi hermana.

Diecisiete años que vivo en esta casa. Diecisiete años que conozco este barrio de memoria.

Las casas se parecen todas en mi calle, y están muy pegadas. Todas tienen un cuarto con una ventana en el techo, pero soy la única que sale a sentarse en el borde de esta ventana cada día.

Desde el techo de mi casa, puedo ver el techo de todas las casas de mi calle en forma de relámpago deformado. Puedo observar al tío de la casa de enfrente leer su periódico cada noche antes de dejar sus gafas en su despacho y apagar la luz; puedo observar a la niña pequeña de la casa de al lado cuando juega con sus muñecas antes de irse a dormir, hasta puedo ver al perro de la casa más abajo cuando lo dejan salir al jardín para no ir a dar una vuelta.

Desde hace un par de días llegan camiones de mudanza que traen muebles a la casa justo al lado de la mía, a la derecha.

Las casas son tan pegadas que se puede saltar de un techo al otro sin ninguna dificultad. El otro día, sin que me viese nadie (y aunque me hubiesen visto, no me importaría), salté al techo de la casa vecina a la mía, a ver lo que había en el cuarto parecido al mío, con la ventana en el techo. Solo había una cama y un armario. Mientras estaba observando el interior del cuarto, recibí un mensaje de mi novio, Esteban, diciéndome de bajarme del techo.

Miré hacia la calle y lo vi, esperándome en su moto.

Casi se acaban las vacaciones de verano, y este año tiene que ser mi último año en el instituto, en teoría. El instituto y yo no nos llevamos muy bien, los dos vamos mejor cuando nos alejamos el uno del otro. ¿A quién le puede gustar tener que levantarse pronto para quedarse sentado durante seis horas en un edificio feo e impersonal? Pues a algunos locos de mi clase, locos de matemáticas, locos de literatura, locos de biología, locos de química, y bueno, ya veis el tipo de friki del que hablo.

A mí me gusta más salir de fiesta, hacer monopatín en los pasillos del instituto, quedarme dos horas más cada viernes por haber escrito tonterías en la pizarra, o por haber faltado clases.

Antes, en esta casa vecina a la mía vivían un friki de mi clase y sus padres. Se llevaban bien con mis padres, pero creo que asustaba un poco al chico de mi clase, o lo intimidaba, una de dos.

Con mi banda de amigos intimidamos a un par de personas en el instituto, y tiene sus ventajas. Podemos comer sin tener que buscar sitio durante horas en el recreo, podemos lanzar papelitos por la clase sin que nos denuncien, hasta nos prestan los libros en el cole sin que los pidamos.

Esteban está en otro instituto, pero nos vemos cada día. Casi llevamos un año estando juntos. La mayoría de las chicas del instituto ya saben quién es, ya que me espera cada día al salir de clase. Nos conocimos por amigos comunes, y decidimos formar pareja. ¿Por qué no? Somos jóvenes, a disfrutarlo.

Sé que muchas chicas nos envidian. Al parecer, formamos la pareja perfecta: la morena de un metro setenta y cinco con el moreno de un metro ochenta y cinco que va con moto y cazadora de cuero.

Los del techoOnde histórias criam vida. Descubra agora